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El círculo de Krisky, de Miguel Puente


epen­diendo de cómo salga del beren­je­nal en el que me haya metido por su culpa, con­si­dero que la curio­si­dad es uno de mis mayo­res defec­tos, o la más grande de mis vir­tu­des. Ayer me empujó a pasarme por la pre­sen­ta­ción en Valen­cia de un par de libros del lla­mado “género fosco”. Este tipo de lite­ra­tura, defi­nida, por lo que entendí, como un tipo de fan­ta­sía oscura, gusta de jugar con el terror, nues­tras fobias y nues­tras angustias.

No sé si es debido a los muchos cuen­tos de muer­tos resu­ci­ta­dos, áni­mas en pena, bru­jas, mal­di­cio­nes, suce­sos extra­ños y con­duc­tas avie­sas del per­so­nal más vario­pinto, oídos durante mi infan­cia al calor y única ilu­mi­na­ción de una chi­me­nea vieja, o a que la lec­tura con ocho años de Poe y Lover­craft me curó de espan­tos, pero lo cierto es que en casi 40 años que llevo leyendo cuanta his­to­ria de fan­ta­sía cae en mis manos, no he encon­trado nin­gún relato o novela que me estre­mezca o haya hecho que me sobre­salte ante algún ruido. Debido a esa inca­pa­ci­dad para cau­sar emo­ción en mí,  no suelo intere­sarme mucho por la novela lla­mada  “de miedo” o “de terror”. No le encuen­tro más ali­ciente que el de la cali­dad lite­ra­ria que pueda tener, pues nor­mal­mente suelo encon­trar­las pre­vi­si­bles y poco interesantes.

Uno de los libros de los que se habló,  El círculo de Krisky, es una anto­lo­gía de rela­tos. Esto no es algo que me entu­siasme dema­siado, pues los cuen­tos me pare­cen eso, cuen­tos, siem­pre dema­siado cor­tos. A pesar de ser otro punto en su con­tra decidí pro­bar suerte cuando un amigo me señaló un valor que lo hacía muy atrac­tivo a mis ojos: los rela­tos tenían bases mito­ló­gi­cas. Mito­lo­gía: la pala­bra que, junto a “Fan­ta­sía” e “His­to­ria”, hace que se dis­pa­ren todas las alar­mas en mi mente y me sienta atraída por una narra­ción como por un imán.

Así que lo com­pré, y esta mañana, mien­tras me tomaba el café he pasado una hora muy agra­da­ble enfras­cada en su lec­tura. Pen­saba leer un relato o dos mien­tras desa­yu­naba y cuando me he dado cuenta se habían ter­mi­nado las pági­nas. Eso es buena señal, desde luego.

El libro se com­pone de ocho rela­tos muy armó­ni­cos en su temá­tica y en su estruc­tura, que si bien no me han hecho pasar miedo, ni siquiera un poco de inquie­tud, sí que me han pare­cido his­to­rias intere­san­tes bas­tante bien escri­tas y bien desa­rro­lla­das. Tie­nen la dura­ción ade­cuada a cada una. Unas son muy cor­tas, pero sin tener apa­rien­cia de estar resu­mi­das. Otras se alar­gan bas­tante más, sin que les sobre paja de relleno. Pero todas, con inde­pen­den­cia del tema, el estilo o la dura­ción, han con­se­guido lo mismo: que acabe de leer­los con una son­risa de com­pli­ci­dad con el autor.

El pri­mero de ellos, Los siete cuer­vos, está basado en un cuento popu­lar, no muy difun­dido, que yo conocí en mi infan­cia como el de “Los siete her­ma­nos cis­nes”. El autor coge la his­to­ria, la sitúa en Gali­cia, y la viste con una exqui­sita ambien­ta­ción de mito­lo­gía celta-galaica que  a mí per­so­nal­mente me ha hecho dis­fru­tar mucho. Me ha pare­cido delicioso.

El segundo, Una duda razo­na­ble, es un cuento muy corto que tiene su punto de sor­presa gam­be­rra y me dejó con la grata sen­sa­ción de que se trata de un guiño a Poe.

En Psi­co­so­má­tico, quizá de los que  menos me han gus­tado, la enfer­me­dad men­tal se mez­cla con otras cul­tu­ras con un resul­tado inquie­tante y muy intere­sante. La forma en que trata la soma­ti­za­ción de los pro­ble­mas men­ta­les es cuanto menos curiosa, pero creo que el final podría haber sido mejor elaborado.

El hom­bre sin nom­bre hunde sus raí­ces en la civi­li­za­ción del cre­ciente fér­til. Algún fleco suelto en una his­to­ria bas­tante ela­bo­rada hace que este relato no sea lo redondo que podría haber sido. Es una pena, pues tiene ele­men­tos sufi­cien­tes para con­ver­tirse en uno de los mejo­res rela­tos de la antología.

Som­bra, otro de los más bre­ves, hace buena la máxima de “menos es más” y se con­vierte en uno de los mejo­res para mi gusto. Inquie­tante y con un sabor que me ha recor­dado a King, en sus cua­tro pági­nas con­densa sen­ti­mien­tos y emo­cio­nes muy diversas.

El extraño caso de Elías Fosco es, para mi gusto, el mejor de todos. Ambien­tado en la Gali­cia de la tran­si­ción, con un fondo de mito­lo­gía, cul­tura, o supers­ti­ción (como se le quiera lla­mar) de la tie­rra natal del autor, le da otra vuelta de tuerca a la lla­mada “novela negra” con­cen­trán­dola en un cuento intere­sante y muy espe­cial. Lás­tima algún des­liz tonto que lo afea un poquito,  pero que no afecta a la historia.

La cabeza de Dick pone el con­tra­punto humo­rís­tico que sirve para des­car­gar la ten­sión acu­mu­lada tras el relato ante­rior. His­to­ria sim­pá­tica y un poco tra­viesa, nos vuelve a demos­trar que este autor se maneja muy bien en las dis­tan­cias cortas.

El círculo de Krisky es el relato que da nom­bre y cie­rra la anto­lo­gía. Basado en las cade­nas de men­sa­jes que reci­bi­mos todos en nues­tros correos con deses­pe­rante asi­dui­dad, las mez­cla con extra­or­di­na­ria habi­li­dad con el fol­klore cen­troeu­ro­peo, creando un relato capaz de des­per­tar cierta ansie­dad, para cul­mi­nar en un final interesante.

En resu­men, este libro me ha gus­tado bas­tante, más de lo que me espe­raba. Solo algún pero ensom­brece el buen sabor que me ha dejado.

Comen­ta­rios sobre la edi­ción: un error de maque­ta­ción (creo, que yo de eso no entiendo) en una página llama bas­tante la atención.

Comen­ta­rios sobre el autor: algún des­liz invo­lun­ta­rio y cierta ten­den­cia a per­derse en fra­ses lar­gas (un par de veces en todo el libro) son las úni­cas pegas que podría encon­trarle bus­cando mucho.

 

Ficha Téc­nica

Título: EL CIRCULO DE KRISKY

Autor: MIGUEL PUENTE MOLINS

Edi­to­rial: AJEC

Pági­nas: 167

ISBN: 84–15156-22–2

Género: Anto­lo­gía de relatos.



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El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare


Mal­digo la suerte que me hizo nacer 15 años antes de lo debido, cada vez que me enfrento a mi total inca­pa­ci­dad para apren­der inglés. Si me hubie­ran obli­gado a estu­diarlo desde pequeña en el cole, como me pasó con el fran­cés, pro­ba­ble­mente ahora sería capaz de desen­vol­verme con él como con la len­gua de nues­tros veci­nos, es decir, podría man­te­ner un mínimo de con­ver­sa­ción y leer cosas no muy com­pli­ca­das. O muy com­pli­ca­das, por­que es seguro que  el inglés, dado el uso actual de la len­gua de la pér­fida Albión, lo habría prac­ti­cado, no como el francés.

Pero esa es la situa­ción actual. El inglés solo lo domino si es bajito y se deja, cosa que pasa en muy con­ta­das oca­sio­nes, por no decir nin­guna.  Y eso me fas­ti­dia mucho. Sobre todo cuando leo alguna obra impor­tante  para mí  y que me gus­ta­ría poder sabo­rear direc­ta­mente de la pluma de su autor,  no depen­diendo de intérpretes.

Eso es lo que me pasa con el libro que vengo a comen­tar hoy.  Esta pequeña obra, salida de la pluma del cisne de Avon, me ha acom­pa­ñado durante muchos años, más de 30, desde que la repre­senté por pri­mera vez en un tea­tro y cobré por ello. Eran otras épo­cas y los peque­ños gru­pos tea­tra­les, bási­ca­mente for­ma­dos por estu­dian­tes, podían moverse por los tea­tros de los pue­blos y fun­cio­nar  y tener un reper­to­rio mínimo.

Desde enton­ces, desde que  la conocí en pro­fun­di­dad, he pen­sado que debe per­der mucho con la tra­duc­ción. Al estar escrita en verso, toda la musi­ca­li­dad se pierde y giros y dobles sen­ti­dos deben que­dar dilui­dos en el sen­tido lógico de cada frase. Debe ser una ver­da­dera pena, por­que incluso tra­du­cida al cas­te­llano, pode­mos  ver el gran talento de ese escri­tor inglés que mez­cló  en ella  romance, enredo y fan­ta­sía, con gran­des dosis de humor.

Es curioso ver como Sha­kes­peare ambienta su cuento fan­tás­tico en Ate­nas. Una tie­rra tan lejana y exó­tica para un inglés del siglo XVI como para noso­tros hoy día la ama­zo­nia o Tai­lan­dia. Quizá más toda­vía. En esta ciu­dad tan lejana para él y sus coe­tá­neos, el autor nos sitúa en le vís­pera del sos­ti­cio de verano, noche en la que el mundo de las hadas se funde con el de los mor­ta­les y los hechos más insos­pe­cha­dos pue­den ocurrir.

Y como es lógico pen­sar, ocurren.

Al día siguiente, el pri­mer día del verano, van a cele­brarse las bodas del duque de Ate­nas, Teseo, con Hipó­lita, reina de las ama­zo­nas. Esa noche, Her­mia, una joven a la que su padre obliga a con­traer matri­mo­nio con un hom­bre al que des­pre­cia, y  Lisan­dro, su enamo­rado, huyen al bos­que cer­cano a la ciu­dad. Bus­cán­dola acude su pro­me­tido Deme­trio, junto a su mejor amiga Elena,  que la ha trai­cio­nado para con­se­guir los favo­res del futuro con­sorte despechado.

En el mismo lugar y la misma noche, una com­pa­ñía de acto­res decide ensa­yar su obra. Al día siguiente, en las bodas del duque repre­sen­ta­rán el drama de Príamo y Tisbe, y para que nadie los sor­prenda antes de tiempo huyen de la ciu­dad y se refu­gian entre la floresta.

Tita­nia, reina de las hadas va a hacer sus ofren­das al sols­ti­cio junto a su corte. Esa misma noche, Obe­ron, rey de los duen­des, con el que está enemis­tada por la pose­sión de un bellí­simo paje, pla­nea con la ayuda del tra­vieso y rápido Puck la forma de arre­ba­tarle el don­cel a su esposa.

Las hadas jue­gan, ensa­yan los acto­res, duer­men los aman­tes y una deli­cada flor expide sus jugos para que sea difí­cil dis­tin­guir sueño de reali­dad, amor de pasión, cer­teza de hechizo.

Los ingre­dien­tes están lis­tos. De la mano maes­tra del genial poeta nos delei­ta­mos con un plato lleno de un humor exqui­sito, de una poe­sía pre­ciosa y deli­cada como el ala de un hada, y de una serie de situa­cio­nes enre­ve­sa­das, tra­vie­sas y fes­ti­vas, que hacen de esta come­dia fan­tás­tica un pro­to­tipo de diver­sión ele­gante y deli­cada, llena de mati­ces y de iro­nías en cada uno de sus personajes.

Que­ría haberla subido ayer, noche del sols­ti­cio de verano, noche mágica donde las haya, pero por moti­vos aje­nos fue impo­si­ble. Me con­formo con hacerlo hoy, día de las feli­ces bodas de Teseo e Hipó­lita, en el que el des­per­tar del sueño nos sor­prende bajo los rayos del sol que  alum­bra del día más largo del año.

Que este nuevo año solar os venga lleno de dichas y ven­tu­ras. Que las des­ven­tu­ras y las des­di­chas se vean redu­ci­das a un sueño tan efí­mero como el sueño de una noche de verano.

PD: A los que os sea arduo leer a Sha­kes­peare pero no os importa verlo en la pan­ta­lla, hay una extra­or­di­na­ria pelí­cula de 1999, diri­gida por Michael Hoff­man. Tam­bién está la gran ver­sión que la Lynd­say Kemp Com­pany grabó. Un ver­da­dero dis­frute para los sentidos.



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Percy Jackson y el ladrón del rayo


Título ori­gi­nal: Percy Jack­son and the Light­ning Thief (Percy Jack­son & the Olym­pians, Book 1)
Autor: Rick Rior­dan
Edi­to­rial: Pen­guin Books
Sello: Puf­fin Books
ISBN: 978–0-141–32999-4
Género: Fan­ta­sía / Infan­til
374 pp. Rústica

Nota pre­via: esta es la pri­mera novela “de ver­dad” que leo en inglés, hecho del que me siento orgu­llosa cual niño pequeño aun­que, dada mi edad, a uste­des les pro­vo­que entre cachon­deo y ganas de ape­drear a nues­tros res­pon­sa­bles edu­ca­ti­vos. Cabe la posi­bi­li­dad, por tanto, de que haya malin­ter­pre­tado algún aspecto de la historia.

Tengo impre­sio­nes con­tra­dic­to­rias con este libro. Aun­que ameno y de muy intere­sante temá­tica, es lo que en España lla­ma­ría­mos, ponién­do­nos palo­mi­te­ros, ame­ri­ca­nada con todas las letras: un crío de 12 años des­cu­bre que es el hijo de un gran dios griego, héroe des­ti­nado a sal­var, no ya el mundo, como es cos­tum­bre, sino lite­ral­mente “la civi­li­za­ción occi­den­tal”. Esto, pese a tener sen­tido siendo Gre­cia la cuna de tal civi­li­za­ción, situado en el con­texto de la obra —donde el Olimpo se ha tras­la­dado al Empire State Buil­ding, pues cam­bia su loca­li­za­ción según el impe­rio domi­nante del momento— chi­rría tanto que a veces una espera poco menos que una horda de Tita­nes arma­dos con hoces y mar­ti­llos o gri­tando la shahada según la oca­sión (lo de la entrada del Hades en Los Ánge­les ya es puro ensa­ña­miento). No ayuda tam­poco la múl­ti­ple pro­ge­nie divina reunida en una espe­cie de Camp-Rock para semi­dio­ses preado­les­cen­tes, donde entre­nan sus habi­li­da­des de com­bate y jue­gan a cap­tu­rar la ban­dera. Se puede com­pren­der por el público al que está des­ti­nado y qui­zás sea un acierto en ese sen­tido; a ser­vi­dora, que nunca sin­tió inte­rés alguno por ingre­sar en los scouts pero vio dema­sia­das pelí­cu­las de sobre­mesa, le da un poco de risa.

Enter­nece el tra­ta­miento espe­ran­za­dor de la dis­ca­pa­ci­dad, con el pro­fe­sor de Percy en silla de rue­das y su mejor amigo de extra­ños anda­res [actua­lizo por una errata y no me puedo resis­tir a enla­zar esto], o dos enfer­me­da­des infan­ti­les (pade­ci­das por el hijo del autor) que en EEUU son casi una plaga: la dis­le­xia y el TDAH. Bajo su visión opti­mista quie­nes las sufren están ocul­tando su extra­or­di­na­ria natu­ra­leza (cen­tauro y sátiro res­pec­ti­va­mente) o expe­ri­men­tando los sín­to­mas de su espe­cial heren­cia, al enfren­tarse a la con­tra­dic­ción entre lo que ven los huma­nos corrien­tes y la reali­dad que sólo ellos pue­den obser­var tal y como es. No se com­prende sin embargo que a causa de ello Percy sea pre­sen­tado como un chico pro­ble­má­tico que cam­bia de escuela cada curso, pues en nin­gún momento se nos mues­tran accio­nes que jus­ti­fi­quen esa des­crip­ción más allá de las afir­ma­cio­nes del pro­ta­go­nista, narra­dor de su pro­pia historia.

Se agra­dece que el autor, pro­fe­sor y pro­ba­ble­mente apa­sio­nado de la mate­ria, haya optado por moder­ni­zar (lo que viene siendo paro­diar) los mitos para res­tar dra­ma­tismo, pero sin cam­bios sus­tan­cia­les (des­con­tando la pater­ni­dad de Per­seo), maqui­llaje ni sim­pli­fi­ca­cio­nes en las cues­tio­nes de fondo. Si a nivel didác­tico el men­saje sub­ya­cente encarna el horror de cual­quier madre, guarda por otra parte abso­luta cohe­ren­cia con la mito­lo­gía empleada: los dio­ses son capri­cho­sos, inma­du­ros, egoís­tas, pro­mis­cuos, arbi­tra­rios y, en gene­ral, tirando a cabro­nes; eres un héroe, sí, pero les impor­tas un pimiento, estás con­de­nado a la trai­ción, el sufri­miento y un des­tino trá­gico… es lo que hay, asú­melo o que te parta un rayo.



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Manifiesto Parapsipunk


Cuando Oscar Torres me habló de la crea­ción de esta revista me pare­ció una idea intere­sante y me animé a par­ti­ci­par. Reco­nozco que me va más el glam que el punk, pero que& un esti­llo no me llame no es algo que me haya dete­nido nunca y tenía ade­más un relato que con unos reto­ques iba a ir muy bien para la revista. Des­pués de tener el pri­mer número en la pan­ta­lla del orde­na­dor, y a pesar de que sé todo el tra­bajo y el cariño que los edi­to­res han puesto en ella, siento que le falta algo.

La idea es atra­yente, un revista a base de imá­ge­nes, tex­tos cor­tos, aven­tu­ras grá­fi­cas, lite­ra­tura de con­sumo rápido que se lee en ape­nas media hora y un diseño y maque­ta­ción que me ha encan­tado. En cuanto al con­te­nido, sin embargo, no ha ter­mi­nado de con­ven­cerme, siento que le falta algo. En pri­mer lugar le falta música, la música impregna la mayo­ría de las obras y las refe­ren­cias están cla­ras pero no conozco todas las can­cio­nes o no las recuerdo y creo que una parte de lo que nos cuen­tan se pierde al no tener clara la música que debe­ría acompañarla.

Por otro lado, tam­bién siento que le falta rabia, me parece que todas las his­to­rias que se cuen­tan son muy duras y muy tris­tes. El “no future” se repite en más de un texto e impregna los demás, no hay his­to­rias con espe­ranza, todas son oscu­ras y melan­có­li­cas. Muchas tie­nen ele­men­tos oní­ri­cos que tam­bién son depri­men­tes, como si ni siquiera en los sue­ños se pudiera vis­lum­brar algo bueno y es cierto que la des­es­pe­ranza es parte del punk, pero el punk es tam­bién rebel­día, rabia, gri­tas por­que lo que tie­nes a tu alre­de­dor no te gusta. Y ese grito no lo he encon­trado y siento que tam­bién le falta.

No debe­ría que­jarme por­que mi relato tam­poco lo tiene. Visto entre los demás no des­taca, todo es bas­tante uni­forme. La mayo­ria de las his­to­rias e imá­ge­nes me han gus­tado, hay alguna que no y tam­bién hay cosas que no he entendido.

Si os ape­tece echarle un vis­tazo, podéis des­car­garla aquí:  Mani­fiesto Parapsipunk

Y podéis enviar tam­bién mate­rial para el segundo número, la infor­ma­ción para enviar cola­bo­ra­cio­nes está al final de la revista.



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Los leones de Al-Rassan, de Guy Gavriel Kay


Pocas veces en mi vida he cogido una novela con tan­tas ganas como esta. Esto era debido a la  curio­si­dad que tenía por ver como había enfo­cado una espe­cie de adap­ta­ción del mito del Cid uno de los auto­res que más res­peto en la lite­ra­tura fantástica.

El libro, con sus casi 500 pági­nas, pro­me­tía dar cum­plida satis­fac­ción, y nada más empe­zar a leerla, cuando me sumergí de lleno en su prosa rica, fluida y evo­ca­dora, empecé a rela­merme como un gato goloso. Aque­llo pare­cía que no me iba a defrau­dar nada. Todo lo contrario.

Con­forme avan­zaba, el pai­saje se des­ple­gaba ante mí, y casi me pare­cía estar oliendo los per­fu­mes embria­ga­do­res de los jar­di­nes de La Alham­bra, o el aire seco y dulce de la estepa cas­te­llana, con los ras­tro­jos recién sega­dos. Por­que Kay, aun­que cam­bie el mapa, y cam­bie los nom­bres, sabe pin­tar­nos de tal manera cual­quier geo­gra­fía que hace que cada rin­cón sea per­fec­ta­mente reconocible.

Y en esas tie­rras de Al-Rassan, con una maes­tría que hace que cada pala­bra sea una pin­ce­lada en un retrato increí­ble­mente vívido, los per­so­na­jes se mue­ven solos, cobran vida pro­pia, e inter­fie­ren unos con otros con unos diá­lo­gos magis­tra­les, que te lle­gan muy aden­tro, haciendo que vivas cada sen­ti­miento, cada emo­ción, y cada pen­sa­miento. En espe­cial los tres pro­ta­go­nis­tas, uno de cada una de las tres cul­tu­ras que pobla­ban la penín­sula en aque­lla época y que el autor es capaz de recrear en un mundo en para­lelo con una habi­li­dad real­mente increí­ble. Pero no solo ellos des­ta­can del papel y cobran vida, sino que  cada uno de los seres que pue­blan esta novela están vivos, son per­so­nas, per­fec­ta­mente reales y creíbles.

La novela pro­gresa, avanza bien, directa, con una trama argu­men­tal bien lle­vada. Com­pleja e intere­sante, da lugar a unas situa­cio­nes y unas esce­nas memo­ra­bles. Te hace llo­rar, te hace reír, te emo­ciona, por­que Kay es un ver­da­dero maes­tro a la hora de hacerte sen­tir en la piel de sus personajes.

Vamos avan­zando, capí­tulo a capí­tulo. La trama se va desa­rro­llando ante nues­tros ojos, y se va com­pli­cando. Lle­ga­mos a la página 400, queda muy poco. Y te plan­tas. Fre­nas en seco. Pien­sas que no puede ser, que es una novela auto con­clu­siva, o por lo menos así te la han ven­dido. Pero pien­sas que en menos de 100 pági­nas esto no se resuelve. Eres lec­tor ave­zado y sabes lo que es una novela y una trama argu­men­tal. Ni siquiera ha avan­zado por el nudo, mucho menos se ha lle­gado al desen­lace. Y las pági­nas se aca­ban, cada vez que­dan menos. Con­ti­núas. Página 440. Hasta ahora has dis­fru­tado de una de las mejo­res nove­las que has leído en tu vida, sea del género que sea, y has pasado por un punto de un dra­ma­tismo increí­ble, que te ha tenido con el cora­zón en vilo. Se ha sol­ven­tado de una forma dema­siado con­ven­cio­nal. Bueno, vere­mos qué pasa a con­ti­nua­ción, como lo soluciona.

Sigues leyendo, y cuando aca­bas de leer las últi­mas 35 pági­nas, por­que eso es lo que te queda de la novela te dices: no es posi­ble. No me lo creo. Vuel­ves a leer­las, alucinando.

Y com­prue­bas, con enorme des­aliento, como un autor puede des­tro­zar y car­garse una de sus mejo­res obras en tan poco tiempo. En esas 35 pági­nas, no hay novela, no hay libro, no hay narra­ción. Solo hay una corre­la­ción de hechos sin sen­tido, con­ta­dos de mala manera, para dar fin cuanto antes  a una gran obra que había cogido una mag­ni­tud quizá no deseada por el autor, pero indu­da­ble­mente deseada por cual­quier lec­tor. Y del epí­logo no hablo, casi lloro.

 

Ficha Téc­nica

Título: LOS LEONES DE AL-RASSAN

Autor: GUY GABRIEL KAY

Edi­to­rial:  LA FACTORIA DE IDEAS

Pági­nas: 477

ISBN: 84–9800-464–9

Género: Novela / Fan­ta­sía Épica

 



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Visiones 2009


Tras una larga espera final­mente se edita la edi­ción de 2009 de Visio­nes, la anto­lo­gía de la AEFCFT (Aso­cia­ción Espa­ñola de Fan­ta­sía, Cien­cia Fic­ción y Terror) que cada año reco­pila algu­nos rela­tos de los auto­res nóve­les más pro­me­te­do­res del género fan­tás­tico en castellano.

Al cargo de la selec­ción de esta edi­ción estu­vie­ron los chi­cos del ins­ti­tuto Peña del Águila de Man­cha Real (Jaén) junto con algu­nos de sus profesores.

Con una por­tada de José Vicente Ortuño Segura que bien podría ser una ale­go­ría de la gris reali­dad aplas­tando la fan­ta­sía y una pequeña intro­duc­ción que nos deja toda una ris­tra de datos de par­ti­ci­pa­ción en esta edi­ción, el volu­men se com­pone por los siguien­tes relatos.

Ori Kami (Héc­tor Gómez Herrero)

Una serie de ase­si­na­tos, una extraña enfer­me­dad que ame­naza con con­ver­tirse en pan­de­mia y un hom­bre tor­tu­rado son las pie­zas clave en las intri­gas de esta his­to­ria. Por razo­nes evi­den­tes no valoro este relato.

La más­cara de Isis (Rubén Serrano Calvo)

La mala inter­pre­ta­ción de un libro escrito por el pro­ta­go­nista de esta his­to­ria lleva a la crea­ción de todo un nuevo culto a Isis. Tal vez se echa de menos un poco más de fuerza en algu­nos momen­tos de la his­to­ria sobre todo al dar sólo una visión un tanto peri­fé­rica del culto que trata la his­to­ria, pero aún así man­tiene un cre­ciente inte­rés a  lo largo del relato.

Cró­nica de la muerte cro­má­tica (Mag­nus Dagon)

Un turista se encuen­tra con la ines­pe­rada sor­presa de que­darse ence­rrado en un país donde el actual dic­ta­dor comienza a pade­cer una extra­ñí­sima enfer­me­dad que lleva a la nación hacia una serie de dis­pa­ra­ta­das con­se­cuen­cias.  La his­to­ria mez­cla una situa­ción tan tre­menda y angus­tioso con unas con­se­cuen­cias tan inve­ro­sí­mi­les y esper­pén­ti­cas que genera un relato real­mente interesante.

Una sim­ple cues­tión de super­vi­ven­cia (María del Pilar Jorge)

Un hom­bre se dirige a su pri­mer tra­bajo tem­po­ral. Debe­ría ser algo sen­ci­llo, pero el chip en su cabeza y la mujer a la que ha de cui­dar com­pli­can las cosas. Con un giro final ines­pe­rado den­tro del giro final espe­rado da una cierta vuelta de tuerca a una his­to­ria sin dema­sia­das sor­pre­sas por otra parte.

La ciu­dad bajo las aguas (Ricardo Mon­te­si­nos Valen­tín)

Un hom­bre de nego­cios se dirige a cerrar una com­pra en la siem­pre mis­te­riosa Vene­cia. El relato se hace corto y deja con ganas de saber más de todo ese mundo y esa trama de secre­tos que nos deja vis­lum­brar. Narrado ade­más con autén­tica maestría.

En la Oscu­ri­dad (Vir­gi­nia Pérez de la Puente)

Los Caza­do­res de Som­bras viven en la más abso­luta oscu­ri­dad, siem­pre en silen­cio, para ser som­bras y poder com­ba­tir la Oscu­ri­dad. El relato pre­senta un mundo divi­dido en cas­tas real­mente intere­sante en el que la autora se desen­vuelve con mucha des­treza pese a la com­ple­ji­dad de una situa­ción con tan poco recur­sos sen­so­ria­les, pese a ello falla un final que a pesar de ser muy visual no remata la his­to­ria tanto como cabría esperar.

El mons­truo en el arma­rio (José Javier Bata­ller Gómez)

Un joven pro­fe­sor dis­puesto a aban­do­nar la ense­ñanza des­pués de que su pri­mera expe­rien­cia edu­ca­tiva sea un desas­tre recibe una extraña oferta. El relato con­si­gue trans­mi­tir desde el comienzo una pal­pa­ble inquie­tud que va cre­ciendo según se acerca el clí­max final. Sin duda una buena vuelta de tuerca a un icono del terror tan de moda a día de hoy.

El inci­dente Timmy O’toole (Fran­cisco Javier Sán­chez Donate)

Tras per­der a su hijo un pecu­liar matri­mo­nio llega a una pequeña loca­li­dad en la que espe­ran asen­tarse, pero un niño mal­criado no parece dis­puesto a poner­les las cosas fáci­les. Con­tado con una sen­ci­llez pas­mosa relata una serie de acon­te­ci­mien­tos terri­bles un intento de vuelta a la nor­ma­li­dad tras algo tan horri­ble como lo que revela el final del relato.

Ali­ma­ñas (Ser­gio Macías Gar­cía)

Un hom­bre toma un avión con des­tino a Roma para encon­trarse con alguien intere­sado en sus extra­ñas habi­li­da­des, sin saber que esas mis­mas habi­li­da­des han aler­tado a más gente. Pese al final algo pre­vi­si­ble el relato man­tiene muy bien la ten­sión, e incluso deja vis­lum­brar un cua­dro mucho mayor que el que mues­tran estas pocas páginas.

Indi­ges­tión (Manuel Jesús Osuna Blanco)

La fami­lia de un niño con una enfer­me­dad ter­mi­nal encuen­tra una playa para­di­síaca durante sus vaca­cio­nes en Cen­troa­mé­rica. Pese a empe­zar creando bas­tante expec­ta­ción el relato se des­in­fla luego pasando al gore en lugar de a un terror más vis­ce­ral y cerrando con un final car­gado de una terri­ble jus­ti­cia poética.

La bús­queda (Sal­va­dor Patri­cio Gómez)

Un par de ami­gos reco­rre sin des­canso infi­ni­dad de mun­dos en busca de la vieja novia de uno de ellos. El desen­lace de la his­to­ria se pre­vee con cierta faci­li­dad, pero aún así resulta una lec­tura bas­tante amena.

Éra­mos un millón de ani­ma­li­tos cie­gos (Daniel Frini)

Tras un bru­tal ata­que que acaba con toda su fami­lia el pro­ta­go­nista es cap­tu­rado y enjau­lado por unos sal­va­jes. Corto, pero sor­pren­dente, con un final total­mente ines­pe­rado que deja un punto de vista tre­mendo y un relato redondo.

En cabi­nas indi­vi­dua­les (Ale­jan­dro Gon­zá­lez Gómez)

Dos vigi­lan­tes com­ple­ta­mente anta­gó­ni­cos enfren­tan dos visio­nes com­ple­ta­mente enfren­ta­das de un mismo mundo. Una tra­ba­ja­dor y terri­ble­mente preo­cu­pado ante cier­tas alar­man­tes noti­cias, el otro soña­dor e inca­paz de pre­ver el cam­bio que se apro­xima. El relato es una dis­to­pía terri­ble, que si bien no cie­rra con algún giro ines­pe­rado aporta diver­sos deta­lles que dan a la his­to­ria un con­junto sólido y agra­de­cido a los aman­tes de las his­to­rias de socie­da­des fracasadas.

Cen­ti­ne­las del otro lado (Julián Muñoz Carrasco)

Un anciano trata de gua­re­cerse de la tor­menta que se ave­cina bajo el amparo de un inmenso ciprés, la lle­gada de un mis­te­rioso hom­bre revela los terri­bles hechos que acae­cie­ron cerca de allí hace gene­ra­cio­nes. Con un regusto a las leyen­das de Béc­quer este cuento de fan­tas­mas hace un buen cie­rre para la antología.

 

En tér­mi­nos gene­ra­les se ven la mano juve­nil tras la elec­ción de los rela­tos, a pesar de haber  temas de todo tipo (y algu­nos de ellos real­mente duros y adul­tos) no hay rela­tos en exceso enre­ve­sa­dos, y la mayo­ría de ellos son de un estilo bas­tante atrac­ti­vos para los ado­les­cen­tes. En lo per­so­nal me agra­dan la ori­gi­na­li­dad de tra­ta­miento ante temas tan terri­bles que hacen tanto Cró­nica de la muerte cro­má­tica como El inci­dente Timmy O’toole. Así como la capa­ci­dad de con­den­sa­ción de La ciu­dad bajo las aguas o Éra­mos un millón de ani­ma­li­tos cie­gos, que en poquí­simo espa­cio des­en­tra­ñan una his­to­ria que daría para mucho más con un resul­tado tremendo.

A la anto­lo­gía sólo se le pue­den acha­car algu­nos erro­res a nivel de maque­ta­ción (desa­pa­ri­ción de algu­nos sal­tos de  línea o algu­nos tipos de letra espe­cia­les como cur­si­vas) en cier­tos pun­tos, que en gran medida pasa­rán desapar­ci­bi­dos para el lec­tor. De la misma forma se prevé una dis­tri­bu­ción escasa, igual que en las últi­mas edi­cio­nes del Visio­nes, lo cual sí que es una autén­tica lás­tima para una anto­lo­gía que real­mente merece la pena.



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Crónicas de Robots de Isaac Asimov


¿Por qué no he leído nada de Asi­mov antes? (Inser­tar aquí un icono gol­peán­dose la cabeza con­tra una pared xD). Lo cierto es que es de esos auto­res con los que siem­pre he tenido pre­ju­cios. Pen­saba que sus libros me resul­ta­rían muy com­ple­jos, lle­nos de tec­ni­cis­mos que no enten­de­ría y que aho­ga­rían las his­to­rias. No podía estar más equi­vo­cada, la prosa de estos rela­tos es muy fluida y se lee muy bien y los tér­mi­nos cien­tí­fi­cos que tanto me asus­ta­ban son pocos y están bien expli­ca­dos por lo que en nin­gún momento me he perdido.

En la edi­ción que tengo se reco­pi­lan muchos de los rela­tos de robots de Asi­mov. No sé si están todos o si fal­tará alguno, están dis­pues­tos de forma cro­no­ló­gica, con lo que, aun­que sean rela­tos suel­tos, tene­mos a lo largo de ellos toda la his­to­ria de los robots con la huma­ni­dad. Apa­re­cen algu­nos per­so­na­jes de forma recu­rrente en muchos de los rela­tos, con lo que tene­mos la sen­sa­ción de estar viendo siem­pre el mismo mundo, de forma frac­cio­nada, pero cada relato es un avance en la rela­ción entre robots y humanos.

En reali­dad, Asi­mov usa estos rela­tos más para hablar del hom­bre que del robot, en sus rela­cio­nes con los robots lo que esta­mos viendo son com­por­ta­mien­tos huma­nos, en unos rela­tos son de índole par­ti­cu­lar, en otros son com­por­ta­mien­tos socia­les lo que le interesa mos­trar, se puede decir que no hay un per­so­naje con­creto pro­ta­go­nista, sino que es la socie­dad en su con­junto la que pro­ta­go­niza estas his­to­rias y lo que le interesa mos­trar es como evo­lu­ciona esa socie­dad al mismo tiempo que tam­bién evo­lu­cio­nan los robots.

Reco­nozco que me ha sor­pren­dido el miedo a la máquina que se des­prende de muchos de los rela­tos. Ahora esta­mos tan acos­tum­bra­dos a tener máqui­nas por todas par­tes que ese miedo parece algo exa­ge­rado, Asi­mov camina sobre muchos temas, el miedo del crea­dor a su cria­tura es sólo uno de ellos, el amor es otro tema recu­rrente que apa­rece en varios rela­tos, así vemos al niño que se enca­riña más con un robot que con una cria­tura viva o la mujer que pre­fiere el ideal del robot a la reali­dad de un hijo pro­pio, haciendo que nos pre­gun­te­mos si merece la pena un ideal falso más que una reali­dad que no nos gusta, pero que es autén­tica. El tema del ideal tam­bién es recu­rrente y apa­rece en varios relatos.

El robot apa­rece en la mayo­ría de los rela­tos como un ser apa­ren­te­mente com­pla­ciente, aun­que poco a poco vemos que no siem­pre lo es, en reali­dad el robot va evo­lu­cio­nando a lo largo de los rela­tos, adqui­riendo cada vez más cons­cien­cia de sí mismo, huma­ni­zán­dose más a cada relato.

Entre los per­so­na­jes recue­rren­tes que apa­re­cen des­taca Susal Cal­vin. La robot­psi­có­loga es uno de los per­so­na­jes más mara­vi­llo­sos que he visto. Apa­ren­te­mente fría, a veces más que los robots que trata, deci­dida y enér­gica, al mismo tiempo es muy humana. Me ha gus­tado muchí­simo el tra­ta­miento que le da Asi­mov, la forma en la que nos mues­tra cómo se la ve desde fuera y cómo es en reali­dad; es un per­so­naje muy com­plejo que va evo­lu­cio­nando a lo largo de los rela­tos sin per­der su per­so­na­li­dad y que, incluso cuando su nom­bre sólo es un recuerdo para la huma­ni­dad, sigue pre­sente en muchos de los rela­tos en forma de ima­gen anti­gua o nom­brada por alguien, el per­so­naje es tan potente que su som­bra pla­nea sobre rela­tos donde no aparece.

Y ahora entra­mos en terreno de spoi­ler, por­que me gus­ta­ría hablar de los últi­mos rela­tos del libro un poco más en pro­fun­di­dad, espe­cial­mente de El hom­bre del bicentenario.

Si en per­so­na­jes como Susan Cal­vin hemos visto el deseo de robo­ti­za­ción del ser humano, el inten­tar apar­tar los sen­ti­mien­tos y cen­trarse en la razón; si en algu­nos rela­tos vemos robots que adquie­ren con­cien­cia de qué son, y de sus dife­ren­cias con los humanos,en El hom­bre del bicen­te­na­rio nos encon­tra­mos con un robot que desea ser humano. Es uno de los rela­tos más impac­tan­tes del libro, por­que en él Asi­mov se plan­tea qué es en reali­dad el ser humano, ¿el cuerpo? ¿el pen­sa­miento? ¿lo sen­ti­mien­tos? ¿la muerte? En su pro­ceso para con­ver­tirse en humano, vemos a un robot prac­ti­ca­mente per­fecto muti­larse para seme­jarse más a esos huma­nos como los que desea ser. Busca un cuerpo con las debi­li­da­des huma­nas, busca pen­sa­mien­tos, sen­ti­mien­tos, pro­vo­car todo eso arti­fi­cial­mente aun­que le per­ju­di­que, aun­que nadie lo entienda ¿Merece la pena? Es un relato que te deja con un nudo en la gar­ganta, que­riendo gri­tarle al pro­ta­go­nista que no es nece­sa­rio que haga todo eso, que no merece la pena ser otro, que no merece la pena ser humano. Sin embargo, en el fondo es tan fácil de entender.



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Todo lo que muere, de John Conolly


Hace poco tiempo, en Ocio­Zero, lugar muy intere­sante para hablar de libros con muy buena gente, entré en un foro de novela negra. Siem­pre he sido muy afi­cio­nada al género, desde que en mi infan­cia, y de la mano de mi padre, des­cu­brí a Sher­lock Hol­mes, Lupin, Agatha Cris­tie, Ray­mond Chand­ler,  Das­hiell Ham­mett, y tan­tos otros. Uno de los habi­tua­les de este men­ti­dero, gran lec­tor de muchos géne­ros, me reco­mendó a este autor, que me era total­mente des­co­no­cido y decidí echarle un ojo.

 

La his­to­ria se divide fun­da­men­tal­mente en dos par­tes. En la pri­mera nos pre­senta al pro­ta­go­nista con con­ti­nuos retro­ce­sos en el tiempo que se nos pre­sen­tan como recuer­dos y lo enfrenta a una situa­ción com­pleja que tiene bas­tan­tes pun­tos de inte­rés, pero que se diluye en la trama gene­ral, que cul­mina en el final de la novela. En la segunda parte, acla­rado ya el caso secun­da­rio, se cen­tra en el caso más íntimo y per­so­nal del detec­tive pro­ta­go­nista, pero lo hace sin mucho ali­ciente, pues las pis­tas para des­cu­brir al ase­sino son tan evi­den­tes que casi desde el pri­mer cuarto de novela ya te ima­gi­nas quien es.

 

La novela está narrada con un estilo directo, ágil y sen­ci­llo que muchas veces peca de escueto. Esta carac­te­rís­tica que en algu­nos momen­tos se agra­dece por­que aumenta el ritmo tre­pi­dante de algu­nas esce­nas, en otras se con­vierte en un grave incon­ve­niente al hacer des­a­pa­re­cer cual­quier carga emo­tiva o emo­cio­nante que con­ver­ti­ría una novela un tanto plana en una gran novela de acción. Hasta las esce­nas más tru­cu­len­tas que­dan con­ver­ti­das en un informe de lesio­nes, por lo que el impacto que podrían tener queda des­di­bu­jado y un poco deslucido.

 

Esto tam­bién es un gran incon­ve­niente a la hora de tra­tar a los per­so­na­jes, pues los pule tanto que salvo el pro­ta­go­nista, que tiene peque­ños des­te­llos de emo­ción, el resto que­dan dema­siado pla­nos, y aun­que hay un intento de pro­fun­di­zar en las emo­cio­nes, esto se queda a un nivel tan des­crip­tivo que hasta la escena de sexo parece la narra­ción de una excur­sión, sin lle­gar a trans­mi­tir emo­ción de nin­gún tipo.

 

En reali­dad, esta novela ni me ha gus­tado ni me ha dis­gus­tado. Me ha dejado un tanto fría. Se lee con rapi­dez y faci­li­dad, engan­cha sin pro­blema, pero tam­poco aporta nada nuevo, ni nada tan nove­doso como para dis­cul­parle los fallos que me parece, la las­tran demasiado.

 

En mi opi­nión es una lec­tura per­fecta para alguien no muy habi­tuado a la novela negra, que se acerca por pri­mera vez a este género, por su ritmo y su estilo, pero para el lec­tor más expe­ri­men­tado que busca una cierta pro­fun­di­dad, puede que­dar un poco insu­fi­ciente, a no ser que bus­que una lec­tura sen­ci­lla y no muy tras­cen­dente para una tarde de pis­cina o de playa, ahora que viene el verano.

 



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Calabazas en el Trastero: Bosques


Cala­ba­zas en el Tras­tero vuelve con un sexto volu­men dedi­cado a los bos­ques y la natu­ra­leza, y al terror que aguarda en aque­llas par­tes del mundo que aún no hemos domes­ti­cado y urba­ni­zado.
Caro­lina Bens­ler firma una por­tada sen­ci­lla, pero efec­tiva que nos invita con ese pasi­llo de árbo­les a aden­trar­nos en este pequeño y oscuro bos­que de rela­tos. Por su parte Ser­gio Mars abre el tomo con un pró­logo en el que nos habla del miedo ances­tral que sub­yace en el bos­que, lejos de nues­tras casas lle­nas de como­di­da­des y nues­tras inmen­sas ciu­da­des de asfalto, donde el medio natu­ral aún no ha sido mol­deado por los hom­bres y que nos recuerda que hubo un tiempo en el que nues­tros ante­pa­sa­dos no eran más que presa fáci­les de los depre­da­do­res, un tiempo en el que no éra­mos más que ani­ma­les, otra parte más del bosque.

 

El ciclo (Car­los Pérez Jara)

Como bien ade­lanta el pro­pio título el volu­men lo abre un cuento cíclico, sin dema­sia­das sor­pre­sas, pero que man­tiene esa sen­sa­ción de que algo está yendo mal desde el prin­ci­pio. Narrado con sol­tura, pero con escasa capa­ci­dad de sorpresa.

 

La más­cara de la muerte verde (Andrés Abel)

Tomando el título del relato de Poe (y sin tener nada que ver con él) se nos pre­senta la his­to­ria de un guar­dia fores­tal recien­te­mente des­ti­nado a un área donde los veci­nos pare­cen temer a una extraña loma en medio del bos­que. Pese a no ser mal relato se echa en falta un mayor deta­lle, prin­ci­pal­mente según va cre­ciendo la inquie­tud ante los hechos que lle­van al desen­lace final.

 

La hie­dra (Inés Mataix)

El nuevo guarda de una pro­pie­dad decide plan­tar una hie­dra que res­guarde un poco la casa con un resul­tado mucho mayor del espe­rado. Aun­que el relato con­si­gue tras­mi­tir cierto grado de intran­qui­li­dad no esta­ría de más un mayor desa­rro­llo ya que deja la sen­sa­ción de tener sólo un pequeño atisbo de terror.

 

Aoki­gahara (Igna­cio Cid Her­moso)

Un poli­cía, una hija rebelde y un bos­que donde la gente va a qui­tarse la vida. La his­to­ria man­tiene muy bien la ten­sión hasta el punto final donde flo­jea un poco con un cie­rre que pedía algo más.

 

Dríade (Laura Luna)

Una dríade y un hom­bre empe­ñado en man­te­nerla viva por medio de sacri­fi­cios. Un relato que pone los pelos de punta, más que por la his­to­ria que cuenta por la forma de narrarla desde den­tro de cada per­so­naje hacién­do­nos par­tí­ci­pes del terri­ble punto de vista de ambos.

 

La natu­ra­leza es cruel (Javier Vivan­cos Gar­cía)

Con una trama que parece sacada de una pelí­cula de serie B asis­ti­mos a una pequeña esca­pada al campo que repen­ti­na­mente se con­vierte en una terro­rí­fica expe­rien­cia. Tirando de cli­chés el autor cons­truye una his­to­ria entre­te­nida y sin muchas pretensiones.

 

Sueño de nieve y barro (Marc R. Soto)

Marc R. Soto firma uno de los rela­tos más rea­lis­tas e inquie­tan­tes de la anto­lo­gía con las envi­dias fra­ter­nas como tema cen­tral. Bien narrado y tenso sin nece­si­dad de aspa­vien­tos de prin­ci­pio a fin.

 

El secreto (Pedro Escu­dero Zumel)

El joven Pablo se encuen­tra repen­ti­na­mente sin comerlo ni beberlo como alcalde de su pequeña loca­li­dad, un cargo que con­lleva cierta res­pon­sa­bi­li­dad ines­pe­rada más allá de las ya espe­ra­das. Un relato entre­te­nido pero que podría haber dado más de sí.

 

Curu­xas (Iván Boto Gómez)

Un joven viaja al pue­blo del su abuelo para el entie­rro de éste, pero las cosas se tuer­cen repen­ti­na­mente. Pese al final pre­vi­si­ble, el relato cuenta con cier­tas imá­ge­nes de la infan­cia del pro­ta­go­nista y su rela­ción con su abuelo que resulta bas­tante atrac­ti­vas.


Decons­tu­yendo a John Doe (Juan Ángel Laguna Edroso)

Por medio de un estilo cer­cano al repor­taje perio­dís­tico se nos pre­senta uno de los rela­tos más inquie­tan­tes del volu­men. En él asis­ti­mos a un repaso a la per­tur­ba­dora vida de un mis­te­rioso escri­tor que parece ligado a diver­sos sus­ce­sos esca­bro­sos y a una extraña rela­ción con los bos­ques. De los rela­tos más redon­dos de este número.

 

La Fronda (Manuel Mije)

Junto a un pequeño pue­blo hay está La Fronda, un lugar por el que la gente pre­senta un reve­ren­cial res­peto, y que parece cam­biar por com­pleto a un hom­bre arrui­nado y a su hijo. Aun­que pre­de­ci­ble en su mayo­ría un relato narrado con soltura.

 

La sos­pe­cha (Pilar Alberdi)

Una anciana está con­ven­cida de que el bos­que avanza len­ta­mente ganán­dole terreno a su finca y su casa. El plan­tea­miento del relato es intere­sante, la idea gene­ral ya ha sido explo­rada en este mismo volu­men, pero el enfo­que más hoga­reño le da cierta ori­gi­na­li­dad. Sólo se echa en falta más con­tun­den­cia en el resul­tado final que deja algu­nos cabos sueltos.

 

Des­ven­tu­ras en el con­ti­nuo bosque-tiempo (Car­los L. Her­nando)

Un hom­bre se aden­tra en el bos­que donde le espera un nar­co­tra­fi­cante con el que ha de sal­dar deu­das. Lo que pare­cía una con­dena a muerte pronto toma un giro ines­pe­rado. Una his­to­ria a medio camino entre la ciencia-ficción y algu­nas con­cep­cio­nes bási­cas del cuento popu­lar. El resul­tado es una his­to­ria vio­lenta y algo esper­pén­tica (casi cómica por momen­tos) , que resulta deli­rante y entre­te­nida a par­tes iguales.

 

El volu­men es tal vez de los menos ate­rra­do­res de la serie, pero a la vez resulta uno de los más vario­pin­tos en cuanto a enfo­ques. Los rela­tos pese a haberse ale­jado del terror clá­sico en la mayo­ría de los casos pre­sen­tan un ele­mento de inquie­tud coti­diana que les hace casi más espe­luz­nan­tes. Y así des­ta­can, en lo per­so­nal, jus­ta­mente los dos rela­tos que más tocan el tema terre­nal y casi mun­dano de la anto­lo­gía: Sueño de nieve y barro y Decons­tu­yendo a John Doe, ambos bus­can (y encuen­tran muy hábil­mente) tocar esa fibra que pro­duce que un esca­lo­frío corra a lo largo de nues­tra espalda por medio de dos hechos increí­ble­mente sen­ci­llos y coti­dia­nos; las ren­ci­llas fra­ter­na­les uno, y la vida de un escri­tor tor­tu­rado otro. Y es que a veces lo más terri­ble es lo más ordi­na­rio, lo que se esconde tras los hechos más bana­les de todo ser humano.



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Al borde del Acantilado, de Elizabeth George


Aviso: Con­tiene spo­li­ers tanto de Al borde del acan­ti­ladocomo de Sin tes­ti­gos, ambos de Eli­za­beth George

Frie­drich

En cuanto se sentó en el banco a espe­rar, se per­cató de que, aparte de unos minu­tos des­pués de des­per­tarse, hoy no había pen­sado en Helen y aquel hecho pro­vocó que su muerte cayera como una losa sobre él. Des­cu­brió que no que­ría no pen­sar en ella cada día y cada hora, al mismo tiempo que enten­día que exis­tir en el pre­sente sig­ni­fi­caba que Helen ten­dría que ale­jarse más y más en su pasado a medida que pasara el tiempo. Si embargo, le dolía saberlo. Amada esposa, hijo anhe­lado; los dos se habían ido y él se recu­pe­ra­ría. Aun­que el mundo y la vida fun­cio­na­ran así, el pro­pio hecho de su recu­pe­ra­ción pare­cía inso­por­ta­ble y obsceno.

No se puede olvi­dar a los muer­tos. A veces te pue­des sor­pren­der sen­tado en un coche, teniendo miedo de olvi­dar, de que el dolor des­apa­rezca, por­que ese dolor es lo que te queda y, si des­a­pa­rece, te dejará com­ple­ta­mente vacío. Así que es más fácil aga­rrarse a él, pero duele tanto que cami­na­mos al borde del acan­ti­lado. Cami­na­mos, inten­tando no pen­sar para que el dolor no nos arras­tre. Difí­cil equilibrio.

El tiempo pasa y los ras­gos que recor­da­mos se des­di­bu­jan, los recuer­dos se selec­cio­nan, algu­nos se olvi­dan per­di­dos para siem­pre igual que la per­sona que ya no está. Con el tiempo vol­ve­mos a son­reír, nos sor­pren­de­mos un día cuando nos damos cuenta de que el dolor ya no ocupa todos nues­tros pen­sa­mien­tos. Dejará de hacerlo y a veces recor­da­re­mos y nos sen­ti­re­mos cul­pa­bles por no echar­los más de menos.

A pesar de la trama poli­cíaca, es de lo que trata este libro, del dolor de la pér­dida, de cómo se con­vierte en el cen­tro de nues­tra vida y cómo se va difu­mi­nando des­pués, aun­que nunca des­a­pa­rece del todo. No se olvida. Se sigue ade­lante, pero nunca se olvida del todo. Las cica­tri­ces que dejan los muer­tos no se borran nunca.

Repar­tido el peso de la trama entre los dis­tin­tos per­so­na­jes, a veces tenía la sen­sa­ción de que Lyn­ley deam­bu­laba por el libro como si no for­mara parte de él, no es un pilar, la ins­pec­tora Han­na­ford sí lo es, firme, segura, hace avan­zar la trama en cada apa­ri­ción que tiene. Lyn­ley no, él se ve arras­trado por ella, en el frá­gil equi­li­brio del que no está del todo metido en la inves­ti­ga­ción y tam­poco está del todo rela­cio­nado con los sos­pe­cho­sos. Lyn­ley camina al borde del acan­ti­lado en más de un sen­tido en este libro.

Eché de menos a Havers, apa­rece en un segundo plano, una som­bra de lo que es en otros libros, su pre­sen­cia es más un guiño al lec­tor que una nece­si­dad para la trama, el con­traste entre ella y Han­na­ford no me ter­mina de con­ven­cer, en cierto sen­tido son per­so­na­jes que se pare­cen bas­tante, no con­si­guen complementarse.

Las sub­tra­mas se cen­tran en padres (no madres, las madres no impor­tan en este libro) e hijos (e hijas, las hijas sí impor­tan), los con­flic­tos se solu­cio­nan, casi hay un final feliz. Y eso hace más dura, más pal­pa­ble la sole­dad de Lyn­ley, el padre que no verá nacer a su hijo, el hom­bre que es inca­paz de seguir ade­lante des­pués de una gran pér­dida y a la vez con miedo a ser capaz de hacerlo.

A la mañana siguiente, Lyn­ley se des­cu­brió tara­reando en la ducha. El agua le res­ba­laba por el pelo y la espalda e iba por la mitad del vals de «La bella dur­miente» de Chai­kovski cuando paró brus­ca­mente y se per­cató de lo que estaba haciendo. Sin­tió que lo inva­día la culpa, pero sólo fue un momento. Lo que siguió  fue un recuerdo de Helen, el pri­mero que le hacía son­reír des­pués de su muerte