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El monstruo en mí, de Jose Ignacio Becerril


Este libro, publi­cado por la edi­to­rial Saco de Hue­sos, es una anto­lo­gía de ocho cuen­tos del lla­mado género “fosco” y uno de cien­cia fic­ción. Los rela­tos, den­tro de este género que fun­ciona a caba­llo entre la fan­ta­sía y el terror, los pode­mos cla­si­fi­car a su vez en diver­sos sub­gé­ne­ros: cos­tum­brista, román­tico, poli­cíaco, fan­tás­tico o sim­ple­mente terror. Todos tie­nen en común el pro­ta­go­nismo del mons­truo, a veces interno a veces externo, salvo el último, que es un relato de Ci-Fi que no cum­ple esta premisa.

Esta anto­lo­gía de cuen­tos me ha lla­mado mucho la aten­ción. No suelo leer rela­tos, no es un género que me guste en exceso, siem­pre lo digo. Sue­len saberme a poco. Y Tam­poco suele gus­tarme el género de terror, en nin­guna de sus ver­tien­tes (novela, relato, cine…) por­que suele darme muy poco miedo y por lo gene­ral me abu­rre mucho. Pero esta anto­lo­gía ha con­se­guido inquie­tarme real­mente. Cada uno de esos rela­tos ha sabido tocar alguna parte de mi inte­rior y, bien por una cosa, bien por la otra, ha sabido conec­tar con­migo de una forma que no es nada habi­tual y a la que no estoy nada acos­tum­brada. No es la temá­tica en sí, en reali­dad nueve temá­ti­cas sobre mons­truos dife­ren­tes; es, sobre todo, la forma de abor­dar­las y la forma de narrar­las lo que ha lle­gado a con­se­guir que, des­pués de la lec­tura de cada relato, tuviera que parar para asi­mi­larlo. Eso puede pare­cer nor­mal en otros lec­to­res. Quien me conozca sabe que si hago eso es por­que algo dife­rente pasa con ese libro.

Uno de los fac­to­res que hacen que esto pase es que Nacho sabe crear a los per­so­na­jes con cua­tro pala­bras. Y alguno de ellos de tal manera que le pones nom­bre, ape­lli­dos y hasta foto. Esto es algo que para mí es muy impor­tante, casi básico en cual­quier tipo de narra­ción; si no me creo a los per­so­na­jes me da igual lo mara­vi­llosa que sea la his­to­ria, lo bien urdida que esté la trama o la sublime exqui­si­tez de la prosa; si los per­so­na­jes no me pare­cen reales no conecto y no me gusta. Creo que esto es uno de los pun­tos más fuer­tes que tiene este escri­tor, que deja de con­tar­nos una his­to­ria para con­tar­nos la his­to­ria de fula­nito, de men­ga­nito, y están ahí, los ves, y los sien­tes. Hasta los per­so­na­jes de los rela­tos que escribe uno de los per­so­na­jes de un relato te pare­cen reales. Y con eso juega, y muy bien, por cierto.

Otro de los fac­to­res es, por supuesto el tema tra­tado en los rela­tos. Como el nom­bre de la anto­lo­gía indica, es el mons­truo que todos lle­va­mos den­tro, y que no siem­pre es el que parece ser. Y a veces lo es, tam­bién. Nacho sabe jugar muy bien al des­piste, por lo que en todos los rela­tos acaba sor­pren­dién­do­nos. En unos por­que nada es lo que parece, y en otros por­que al ser tan pre­de­ci­ble la his­to­ria, te sor­prende que ese final sea el que toca, el que es lógico, el que todos damos por supuesto y esta­mos espe­rando que sea cual­quiera menos ese. Pero siem­pre está ahí pre­sente el Mons­truo. Ese mons­truo que cual­quier per­sona puede lle­var en su inte­rior, a veces solo peli­groso para sí mismo, en forma de una fobia, una enfer­me­dad; a veces peli­groso para toda la socie­dad; a veces tierno, otras sal­vaje, des­pia­dado, pero nunca, nunca, neutro.

Quizá el fac­tor deter­mi­nante en la buena impre­sión que me ha cau­sado este libro sea su forma de escri­bir: me gusta. Sabe trans­mi­tir las ideas con mucha cla­ri­dad, no resulta difí­cil seguirlo. Todo lo con­tra­rio, te intro­duce rápi­da­mente en la his­to­ria de forma absor­bente y te arras­tra de tal forma, que lo que menos per­ci­bes es el estilo, pero eso solo se con­si­gue cuando una obra, como lo está esta, está bien escrita. Las des­crip­cio­nes son par­cas y pre­ci­sas, al igual que los diá­lo­gos. Con cua­tro pala­bras es capaz de intro­du­cir­nos en cada uno de los rela­tos de un plu­mazo, en trans­por­tar­nos a cada una de las his­to­rias y sumer­gir­nos por com­pleto en ellas. Ésta creo que es su prin­ci­pal vir­tud. La his­to­ria puede o no puede gus­tarte, pero la vives. Cada uno de los diá­lo­gos encaja a la per­fec­ción en los per­so­na­jes. No hay muchos, por­que los rela­tos son cor­tos, pero son indis­cu­ti­ble­mente uno de sus pun­tos fuer­tes. Res­pecto a la ambien­ta­ción, con cua­tro pala­bras te sitúas per­fec­ta­mente en el lugar donde están ocu­rriendo los hechos. Te sien­tes intro­du­cido en el ambiente con gran rapi­dez. Res­pecto a la estruc­tura, cada uno de ellos tiene la suya pro­pia, que difiere mucho de unos a otros, adap­tán­dose en todo momento a la his­to­ria y al clima que el autor quiere darle. Todos los rela­tos son cohe­ren­tes en sí mis­mos y en la anto­lo­gía salvo el último, el de Cien­cia Fic­ción, que queda un poco des­col­gado de la uni­for­mi­dad de la anto­lo­gía, tanto por la his­to­ria, como por el clí­max o el estilo narra­tivo. Mien­tras en los ocho pri­me­ros hace gala de una buena habi­li­dad narra­tiva, en el último se dis­persa y se ralen­tiza, en unos momen­tos, para ace­le­rarse y atro­pe­llarse en otros, que­dando pun­tos narra­ti­vos poco defi­ni­dos. Los pro­ta­go­nis­tas se nos des­di­bu­jan, hacién­dose más pla­nos que en el resto de los rela­tos, y la his­to­ria en si con­forma un todo poco creí­ble que a mí, por lo menos, me ha dejado fría.

La por­tada no me acaba de gus­tar. La idea sí, la idea de una figura humana actual con cabeza mons­truosa, en una remi­nis­cen­cia del mino­tauro si me gusta, pero el desa­rro­llo de la ilus­tra­ción, no. Me parece que queda un poco frío, sin resul­tar atrac­tivo en sí, aun­que refleje la idea que se pre­tende trans­mi­tir con los relatos.

En resu­men, es un libro que reco­men­da­ría a los aman­tes del género, y a los que no lo son, tanto por sus his­to­rias muy intere­san­tes como, por la prosa cui­dada y ágil. Es un libro que me ha dejado muy buen sabor de boca, y con ganas de mas, de mucho más.



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La casa de cadenas — Malaz 4


SINOPSIS

En el desierto de Raraku, Sha’ik, la vidente y sus segui­do­res se pre­pa­ran para el levan­ta­miento pro­fe­ti­zado largo tiempo atrás, “El Tor­be­llino”. Escla­vi­zada en las minas de ota­ta­ral, Feli­sin, la más joven de la des­hon­rada Casa Paran, sueña con la liber­tad  y jura ven­garse, mien­tras que los Abra­sa­puen­tes pros­cri­tos, Vio­lín y Kalam cons­pi­ran para libe­rara al mundo de la empe­ra­triz Las­sen (aun­que la volun­tad de los dio­ses, como siem­pre, parece ser otra). Y al tiempo, dos anti­guos gue­rre­ros car­ga­dos con un secreto devas­ta­dor pene­tran en esta tie­rra aso­lada, un coman­dante del Sép­timo Ejér­cito de Malaz, lidera sus ago­ta­das tro­pas en una última y audaz carrera para sal­var las vidas de treinta mil refugiados.

OPINIÓN PERSONAL:

Nos encon­tra­mos de nuevo en las siete ciu­da­des, pero ahora la trama aun se com­plica más, se vuelve más fre­né­tica, más divi­dida, con diver­sos fren­tes abier­tos, cada uno de los cua­les com­pren­de­ría por si mismo una apa­sio­na­nate novela.

Ahí radica su  tre­mendo atrac­tivo y la tam­bién difi­cul­tad que entraña ser capaz de fijar la aten­ción en diver­sas líneas argu­men­ta­les, que se van entre­cru­zando como un com­ple­jí­simo tapiz, en el que cada uno de los per­so­na­jes es un hilo de bri­llante color, de relieve espe­cial, que apa­rece y des­a­pa­rece, engu­llido en unas esce­nas emo­cio­nan­tes, tre­pi­dan­tes y a veces demen­cia­les que nece­si­tan de una ima­gi­na­ción muy vívida para poder­las abarcar.

Estos per­so­na­jes, algu­nos vie­jos cono­ci­dos de la novela ante­rior, como los Abra­sa­puen­tes, el joven Aza­frán, o Lás­tima, y otros,  nue­vos y muy inten­sos, como la joven Feli­sin, o Dui­ker, el his­to­ria­dor, nos van des­gra­nando su his­to­ria paso a paso. A tra­ves de sus andan­zas y de sus penu­rias, avan­za­mos por una trama que los trata a todos ellos, vívi­dos y muy reales, sin mira­mien­tos, con cruel­dad refi­nada. El autor hace que en cada página nos sobre­co­ja­mos con una vision des­car­nada de lo que es la escla­vi­tud, la gue­rra, las matan­zas y en suma, la bar­ba­rie humana, ya que aquí no se esca­tima nada. Ni san­gre, ni sucie­dad, ni mise­ria ni dolor, sea este físico, men­tal o emo­cio­nal. Como en cual­quier gue­rra, como en cual­quier con­tienda real.

Y como en la vida real, no hay nin­gún per­so­naje bueno ni malo, sino que todos son tre­men­da­mente huma­nos, hasta los dio­ses, que inter­fie­ren una y otra vez con los mortales.

En esto se basa otro de los gran­des atrac­ti­vos de esta saga épica: en la falta de his­trio­nis­mos, de exa­ge­ra­cio­nes. Es su gran huma­ni­dad lo que hace que fra­ses, sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos de los per­so­na­jes te calen en lo más hondo y te sobre­co­jan. Esa libre elec­cion, esa falta de deter­mi­nismo, ese albe­drío pro­pio de la gente de carne y hueso hace que enten­da­mos lo que cual­quier ser humano es capaz de hacer cuando se ve lle­vado al límite de su cordura.

Por­que en esta segunda parte, todos están abo­ca­dos a per­derla, todos pare­cen ser con­du­ci­dos más allá de los limi­tes hacia la locura de la irrea­li­dad, en un mundo en el que las bases de la magia, las sen­das por las que tran­sita, se ven alte­ra­das, estre­me­ci­das en sus cimien­tos, y sacu­den como un terre­moto toda la reali­dad, haciendo que cual­quier pro­yecto, cual­quier plan, se vea some­tido al azar de una magia que parece haber per­dido el con­trol,  y de unas deci­sio­nes toma­das siem­pre al borde del caos, hasta lle­var­nos a un  final sor­pren­dente que nos deja en sus­penso, espe­rando el desen­lace de aque­llo que no lo ha tenido, o que habién­dolo tenido no nos deja estar segu­ros de nada. Por­que nada es lo que parece, y si algo no es esta novela , es predecible.

Eso no quiere decir que sea una novela que se devora, que se lee rápido. No. Es una novela para sabo­rearla, para dis­fru­tarla poco a poco, asi­mi­lando cada una de sus tra­mas, por­que he de reco­no­cer que muchas veces, la escasa pro­li­ji­dad de las des­crip­cio­nes, tanto del pai­saje como de los per­so­na­jes, hace que ten­ga­mos que tirar mucho de la ima­gi­na­ción, y eso nos obli­gue a rea­li­zar un gran esfuerzo para com­pren­der muchas situa­cio­nes, haciendo que algu­nos tra­mos parez­can en un prin­ci­pio un poco confusos.



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Los Jardines de la luna. Malaz 1


Sinop­sis

Tras inter­mi­na­bles gue­rras, amar­gas luchas inter­nas y san­grien­tas con­fron­ta­cio­nes, incluso las tro­pas impe­ria­les nece­si­tan un des­canso. Pero la obse­sión expan­sio­nista de la empe­ra­triz Las­sen no tiene lími­tes y cuenta con el apoyo de sus san­gui­na­rios agen­tes de la Garra. Tras el último ase­dio, el sar­gento Whis­key­jack y su pelo­tón de Abra­sa­puen­tes nece­si­tan tiempo para des­can­sar y ente­rrar a sus muer­tos, pero Daruj­his­tan, la última de las Ciu­da­des Libres de Gena­ba­ckis los espera. Es el obje­tivo último de la insa­cia­ble empe­ra­triz. Y parece que el impe­rio no es el único que codi­cia esa plaza: fuer­zas sinies­tras cons­pi­ran den­tro y fuera de las sen­das mági­cas y todo indica que los pro­pios dio­ses se pre­pa­ran para la batalla

Opi­nión personal

En esta obra, la pri­mera de una saga, nos intro­du­ci­mos por pri­mera vez en el mundo de Malaz, y vamos tomando con­tacto con él de la mano de sus prin­ci­pa­les pro­ta­go­nis­tas. Los Abra­sa­puen­tes, el capi­tan Paran, la con­se­jera Lorne, el joven ladrón Aza­frán, todas las fac­cio­nes y sub­mun­dos que pue­blan Daruj­his­tán, y como no, las otras razas, los no huma­nos, magos y esen­cia­les, están luchando entre si, abierta y ocultamente.

Todos pare­cen darse cita en un punto y momento con­creto, pues algo los está con­vo­cando. Hasta los dio­ses se ven impe­li­dos a hacer acto de pre­sen­cia y nadie sabe que suerte es la que está echada, pues nada garan­tiza quien puede salir indemne y quien verse abo­cado a la des­truc­ción total.

Los jar­di­nes de la luna es, sin duda, una de las nove­las de fan­ta­sía épica más com­pleja que he leído en mi larga vida de lec­tora. No es una novela para prin­ci­pian­tes, ni una novela juve­nil. Es una novela para lec­to­res expe­ri­men­ta­dos que bus­can algo más que una típica his­to­ria de magos y empe­ra­do­res con­quis­tando territorios.

Y como obra com­pleja que es, es una de las que más tiempo me ha lle­vado ter­mi­nar. Tam­bién es una de las que más he dis­fru­tado por su enre­ve­sada trama y por lo ela­bo­rado de sus per­so­na­jes. No hay nin­gún per­so­naje prin­ci­pal que te deje indi­fe­rente, todo lo con­tra­rio. Todos te alcan­zan, todos te lle­gan. Pues si alguna carac­te­rís­tica espe­cial tiene esta novela, es que, aun­que hay ban­dos, no hay bue­nos ni malos, todos los per­so­na­jes tie­nen una per­so­na­li­dad tan com­pleja, tan defi­nida, tan poco lineal, que ves todas sus face­tas como las de cual­quier per­sona, y eso a pesar de las dife­ren­cias tan abis­ma­les con cual­quier otro mundo, raza y situa­ción leída o conocida.

Quizá sea esta dife­ren­cia con lo cono­cido lo que acen­túa su com­ple­ji­dad, pues al crear un uni­verso nuevo con razas, dio­ses, his­to­ria y ritos pro­pios, total­mente dife­rente a lo que esta­mos acos­tum­bra­dos, nos obliga a reubi­car­nos cons­tan­te­mente y a borrar todas las simi­li­tu­des que inten­ta­mos esta­ble­cer en nues­tras men­tes con uni­ver­sos conocidos.

No es novela para pasar un ratito, para leer mien­tra se ve la tele. No es lec­tura fácil, pero recom­pensa amplia­mente a quien decida sumer­girse y ser absor­bido por un mundo nuevo, oscuro y atra­yente, que nos dejará, a quien supere la pri­mera prueba, con una sen­sa­ción de haber alcan­zado un esca­lón impor­tante en la lite­ra­tura fantástica

Ficha téc­nica

Título: LOS JARDINES DE LA LUNA
Autor: STEVE ERIKSON
Colección:COLECCIÓN FANTASIA
Edi­to­rial: LA FACTORIA DE IDEAS
Pági­nas: 506
ISBN: 84–9800-509–7
Por­tada: STEVE STONE
Género: Novela / Fan­ta­sía Épica



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El círculo de Krisky, de Miguel Puente


epen­diendo de cómo salga del beren­je­nal en el que me haya metido por su culpa, con­si­dero que la curio­si­dad es uno de mis mayo­res defec­tos, o la más grande de mis vir­tu­des. Ayer me empujó a pasarme por la pre­sen­ta­ción en Valen­cia de un par de libros del lla­mado “género fosco”. Este tipo de lite­ra­tura, defi­nida, por lo que entendí, como un tipo de fan­ta­sía oscura, gusta de jugar con el terror, nues­tras fobias y nues­tras angustias.

No sé si es debido a los muchos cuen­tos de muer­tos resu­ci­ta­dos, áni­mas en pena, bru­jas, mal­di­cio­nes, suce­sos extra­ños y con­duc­tas avie­sas del per­so­nal más vario­pinto, oídos durante mi infan­cia al calor y única ilu­mi­na­ción de una chi­me­nea vieja, o a que la lec­tura con ocho años de Poe y Lover­craft me curó de espan­tos, pero lo cierto es que en casi 40 años que llevo leyendo cuanta his­to­ria de fan­ta­sía cae en mis manos, no he encon­trado nin­gún relato o novela que me estre­mezca o haya hecho que me sobre­salte ante algún ruido. Debido a esa inca­pa­ci­dad para cau­sar emo­ción en mí,  no suelo intere­sarme mucho por la novela lla­mada  “de miedo” o “de terror”. No le encuen­tro más ali­ciente que el de la cali­dad lite­ra­ria que pueda tener, pues nor­mal­mente suelo encon­trar­las pre­vi­si­bles y poco interesantes.

Uno de los libros de los que se habló,  El círculo de Krisky, es una anto­lo­gía de rela­tos. Esto no es algo que me entu­siasme dema­siado, pues los cuen­tos me pare­cen eso, cuen­tos, siem­pre dema­siado cor­tos. A pesar de ser otro punto en su con­tra decidí pro­bar suerte cuando un amigo me señaló un valor que lo hacía muy atrac­tivo a mis ojos: los rela­tos tenían bases mito­ló­gi­cas. Mito­lo­gía: la pala­bra que, junto a “Fan­ta­sía” e “His­to­ria”, hace que se dis­pa­ren todas las alar­mas en mi mente y me sienta atraída por una narra­ción como por un imán.

Así que lo com­pré, y esta mañana, mien­tras me tomaba el café he pasado una hora muy agra­da­ble enfras­cada en su lec­tura. Pen­saba leer un relato o dos mien­tras desa­yu­naba y cuando me he dado cuenta se habían ter­mi­nado las pági­nas. Eso es buena señal, desde luego.

El libro se com­pone de ocho rela­tos muy armó­ni­cos en su temá­tica y en su estruc­tura, que si bien no me han hecho pasar miedo, ni siquiera un poco de inquie­tud, sí que me han pare­cido his­to­rias intere­san­tes bas­tante bien escri­tas y bien desa­rro­lla­das. Tie­nen la dura­ción ade­cuada a cada una. Unas son muy cor­tas, pero sin tener apa­rien­cia de estar resu­mi­das. Otras se alar­gan bas­tante más, sin que les sobre paja de relleno. Pero todas, con inde­pen­den­cia del tema, el estilo o la dura­ción, han con­se­guido lo mismo: que acabe de leer­los con una son­risa de com­pli­ci­dad con el autor.

El pri­mero de ellos, Los siete cuer­vos, está basado en un cuento popu­lar, no muy difun­dido, que yo conocí en mi infan­cia como el de “Los siete her­ma­nos cis­nes”. El autor coge la his­to­ria, la sitúa en Gali­cia, y la viste con una exqui­sita ambien­ta­ción de mito­lo­gía celta-galaica que  a mí per­so­nal­mente me ha hecho dis­fru­tar mucho. Me ha pare­cido delicioso.

El segundo, Una duda razo­na­ble, es un cuento muy corto que tiene su punto de sor­presa gam­be­rra y me dejó con la grata sen­sa­ción de que se trata de un guiño a Poe.

En Psi­co­so­má­tico, quizá de los que  menos me han gus­tado, la enfer­me­dad men­tal se mez­cla con otras cul­tu­ras con un resul­tado inquie­tante y muy intere­sante. La forma en que trata la soma­ti­za­ción de los pro­ble­mas men­ta­les es cuanto menos curiosa, pero creo que el final podría haber sido mejor elaborado.

El hom­bre sin nom­bre hunde sus raí­ces en la civi­li­za­ción del cre­ciente fér­til. Algún fleco suelto en una his­to­ria bas­tante ela­bo­rada hace que este relato no sea lo redondo que podría haber sido. Es una pena, pues tiene ele­men­tos sufi­cien­tes para con­ver­tirse en uno de los mejo­res rela­tos de la antología.

Som­bra, otro de los más bre­ves, hace buena la máxima de “menos es más” y se con­vierte en uno de los mejo­res para mi gusto. Inquie­tante y con un sabor que me ha recor­dado a King, en sus cua­tro pági­nas con­densa sen­ti­mien­tos y emo­cio­nes muy diversas.

El extraño caso de Elías Fosco es, para mi gusto, el mejor de todos. Ambien­tado en la Gali­cia de la tran­si­ción, con un fondo de mito­lo­gía, cul­tura, o supers­ti­ción (como se le quiera lla­mar) de la tie­rra natal del autor, le da otra vuelta de tuerca a la lla­mada “novela negra” con­cen­trán­dola en un cuento intere­sante y muy espe­cial. Lás­tima algún des­liz tonto que lo afea un poquito,  pero que no afecta a la historia.

La cabeza de Dick pone el con­tra­punto humo­rís­tico que sirve para des­car­gar la ten­sión acu­mu­lada tras el relato ante­rior. His­to­ria sim­pá­tica y un poco tra­viesa, nos vuelve a demos­trar que este autor se maneja muy bien en las dis­tan­cias cortas.

El círculo de Krisky es el relato que da nom­bre y cie­rra la anto­lo­gía. Basado en las cade­nas de men­sa­jes que reci­bi­mos todos en nues­tros correos con deses­pe­rante asi­dui­dad, las mez­cla con extra­or­di­na­ria habi­li­dad con el fol­klore cen­troeu­ro­peo, creando un relato capaz de des­per­tar cierta ansie­dad, para cul­mi­nar en un final interesante.

En resu­men, este libro me ha gus­tado bas­tante, más de lo que me espe­raba. Solo algún pero ensom­brece el buen sabor que me ha dejado.

Comen­ta­rios sobre la edi­ción: un error de maque­ta­ción (creo, que yo de eso no entiendo) en una página llama bas­tante la atención.

Comen­ta­rios sobre el autor: algún des­liz invo­lun­ta­rio y cierta ten­den­cia a per­derse en fra­ses lar­gas (un par de veces en todo el libro) son las úni­cas pegas que podría encon­trarle bus­cando mucho.

 

Ficha Téc­nica

Título: EL CIRCULO DE KRISKY

Autor: MIGUEL PUENTE MOLINS

Edi­to­rial: AJEC

Pági­nas: 167

ISBN: 84–15156-22–2

Género: Anto­lo­gía de relatos.



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El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare


Mal­digo la suerte que me hizo nacer 15 años antes de lo debido, cada vez que me enfrento a mi total inca­pa­ci­dad para apren­der inglés. Si me hubie­ran obli­gado a estu­diarlo desde pequeña en el cole, como me pasó con el fran­cés, pro­ba­ble­mente ahora sería capaz de desen­vol­verme con él como con la len­gua de nues­tros veci­nos, es decir, podría man­te­ner un mínimo de con­ver­sa­ción y leer cosas no muy com­pli­ca­das. O muy com­pli­ca­das, por­que es seguro que  el inglés, dado el uso actual de la len­gua de la pér­fida Albión, lo habría prac­ti­cado, no como el francés.

Pero esa es la situa­ción actual. El inglés solo lo domino si es bajito y se deja, cosa que pasa en muy con­ta­das oca­sio­nes, por no decir nin­guna.  Y eso me fas­ti­dia mucho. Sobre todo cuando leo alguna obra impor­tante  para mí  y que me gus­ta­ría poder sabo­rear direc­ta­mente de la pluma de su autor,  no depen­diendo de intérpretes.

Eso es lo que me pasa con el libro que vengo a comen­tar hoy.  Esta pequeña obra, salida de la pluma del cisne de Avon, me ha acom­pa­ñado durante muchos años, más de 30, desde que la repre­senté por pri­mera vez en un tea­tro y cobré por ello. Eran otras épo­cas y los peque­ños gru­pos tea­tra­les, bási­ca­mente for­ma­dos por estu­dian­tes, podían moverse por los tea­tros de los pue­blos y fun­cio­nar  y tener un reper­to­rio mínimo.

Desde enton­ces, desde que  la conocí en pro­fun­di­dad, he pen­sado que debe per­der mucho con la tra­duc­ción. Al estar escrita en verso, toda la musi­ca­li­dad se pierde y giros y dobles sen­ti­dos deben que­dar dilui­dos en el sen­tido lógico de cada frase. Debe ser una ver­da­dera pena, por­que incluso tra­du­cida al cas­te­llano, pode­mos  ver el gran talento de ese escri­tor inglés que mez­cló  en ella  romance, enredo y fan­ta­sía, con gran­des dosis de humor.

Es curioso ver como Sha­kes­peare ambienta su cuento fan­tás­tico en Ate­nas. Una tie­rra tan lejana y exó­tica para un inglés del siglo XVI como para noso­tros hoy día la ama­zo­nia o Tai­lan­dia. Quizá más toda­vía. En esta ciu­dad tan lejana para él y sus coe­tá­neos, el autor nos sitúa en le vís­pera del sos­ti­cio de verano, noche en la que el mundo de las hadas se funde con el de los mor­ta­les y los hechos más insos­pe­cha­dos pue­den ocurrir.

Y como es lógico pen­sar, ocurren.

Al día siguiente, el pri­mer día del verano, van a cele­brarse las bodas del duque de Ate­nas, Teseo, con Hipó­lita, reina de las ama­zo­nas. Esa noche, Her­mia, una joven a la que su padre obliga a con­traer matri­mo­nio con un hom­bre al que des­pre­cia, y  Lisan­dro, su enamo­rado, huyen al bos­que cer­cano a la ciu­dad. Bus­cán­dola acude su pro­me­tido Deme­trio, junto a su mejor amiga Elena,  que la ha trai­cio­nado para con­se­guir los favo­res del futuro con­sorte despechado.

En el mismo lugar y la misma noche, una com­pa­ñía de acto­res decide ensa­yar su obra. Al día siguiente, en las bodas del duque repre­sen­ta­rán el drama de Príamo y Tisbe, y para que nadie los sor­prenda antes de tiempo huyen de la ciu­dad y se refu­gian entre la floresta.

Tita­nia, reina de las hadas va a hacer sus ofren­das al sols­ti­cio junto a su corte. Esa misma noche, Obe­ron, rey de los duen­des, con el que está enemis­tada por la pose­sión de un bellí­simo paje, pla­nea con la ayuda del tra­vieso y rápido Puck la forma de arre­ba­tarle el don­cel a su esposa.

Las hadas jue­gan, ensa­yan los acto­res, duer­men los aman­tes y una deli­cada flor expide sus jugos para que sea difí­cil dis­tin­guir sueño de reali­dad, amor de pasión, cer­teza de hechizo.

Los ingre­dien­tes están lis­tos. De la mano maes­tra del genial poeta nos delei­ta­mos con un plato lleno de un humor exqui­sito, de una poe­sía pre­ciosa y deli­cada como el ala de un hada, y de una serie de situa­cio­nes enre­ve­sa­das, tra­vie­sas y fes­ti­vas, que hacen de esta come­dia fan­tás­tica un pro­to­tipo de diver­sión ele­gante y deli­cada, llena de mati­ces y de iro­nías en cada uno de sus personajes.

Que­ría haberla subido ayer, noche del sols­ti­cio de verano, noche mágica donde las haya, pero por moti­vos aje­nos fue impo­si­ble. Me con­formo con hacerlo hoy, día de las feli­ces bodas de Teseo e Hipó­lita, en el que el des­per­tar del sueño nos sor­prende bajo los rayos del sol que  alum­bra del día más largo del año.

Que este nuevo año solar os venga lleno de dichas y ven­tu­ras. Que las des­ven­tu­ras y las des­di­chas se vean redu­ci­das a un sueño tan efí­mero como el sueño de una noche de verano.

PD: A los que os sea arduo leer a Sha­kes­peare pero no os importa verlo en la pan­ta­lla, hay una extra­or­di­na­ria pelí­cula de 1999, diri­gida por Michael Hoff­man. Tam­bién está la gran ver­sión que la Lynd­say Kemp Com­pany grabó. Un ver­da­dero dis­frute para los sentidos.



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Los leones de Al-Rassan, de Guy Gavriel Kay


Pocas veces en mi vida he cogido una novela con tan­tas ganas como esta. Esto era debido a la  curio­si­dad que tenía por ver como había enfo­cado una espe­cie de adap­ta­ción del mito del Cid uno de los auto­res que más res­peto en la lite­ra­tura fantástica.

El libro, con sus casi 500 pági­nas, pro­me­tía dar cum­plida satis­fac­ción, y nada más empe­zar a leerla, cuando me sumergí de lleno en su prosa rica, fluida y evo­ca­dora, empecé a rela­merme como un gato goloso. Aque­llo pare­cía que no me iba a defrau­dar nada. Todo lo contrario.

Con­forme avan­zaba, el pai­saje se des­ple­gaba ante mí, y casi me pare­cía estar oliendo los per­fu­mes embria­ga­do­res de los jar­di­nes de La Alham­bra, o el aire seco y dulce de la estepa cas­te­llana, con los ras­tro­jos recién sega­dos. Por­que Kay, aun­que cam­bie el mapa, y cam­bie los nom­bres, sabe pin­tar­nos de tal manera cual­quier geo­gra­fía que hace que cada rin­cón sea per­fec­ta­mente reconocible.

Y en esas tie­rras de Al-Rassan, con una maes­tría que hace que cada pala­bra sea una pin­ce­lada en un retrato increí­ble­mente vívido, los per­so­na­jes se mue­ven solos, cobran vida pro­pia, e inter­fie­ren unos con otros con unos diá­lo­gos magis­tra­les, que te lle­gan muy aden­tro, haciendo que vivas cada sen­ti­miento, cada emo­ción, y cada pen­sa­miento. En espe­cial los tres pro­ta­go­nis­tas, uno de cada una de las tres cul­tu­ras que pobla­ban la penín­sula en aque­lla época y que el autor es capaz de recrear en un mundo en para­lelo con una habi­li­dad real­mente increí­ble. Pero no solo ellos des­ta­can del papel y cobran vida, sino que  cada uno de los seres que pue­blan esta novela están vivos, son per­so­nas, per­fec­ta­mente reales y creíbles.

La novela pro­gresa, avanza bien, directa, con una trama argu­men­tal bien lle­vada. Com­pleja e intere­sante, da lugar a unas situa­cio­nes y unas esce­nas memo­ra­bles. Te hace llo­rar, te hace reír, te emo­ciona, por­que Kay es un ver­da­dero maes­tro a la hora de hacerte sen­tir en la piel de sus personajes.

Vamos avan­zando, capí­tulo a capí­tulo. La trama se va desa­rro­llando ante nues­tros ojos, y se va com­pli­cando. Lle­ga­mos a la página 400, queda muy poco. Y te plan­tas. Fre­nas en seco. Pien­sas que no puede ser, que es una novela auto con­clu­siva, o por lo menos así te la han ven­dido. Pero pien­sas que en menos de 100 pági­nas esto no se resuelve. Eres lec­tor ave­zado y sabes lo que es una novela y una trama argu­men­tal. Ni siquiera ha avan­zado por el nudo, mucho menos se ha lle­gado al desen­lace. Y las pági­nas se aca­ban, cada vez que­dan menos. Con­ti­núas. Página 440. Hasta ahora has dis­fru­tado de una de las mejo­res nove­las que has leído en tu vida, sea del género que sea, y has pasado por un punto de un dra­ma­tismo increí­ble, que te ha tenido con el cora­zón en vilo. Se ha sol­ven­tado de una forma dema­siado con­ven­cio­nal. Bueno, vere­mos qué pasa a con­ti­nua­ción, como lo soluciona.

Sigues leyendo, y cuando aca­bas de leer las últi­mas 35 pági­nas, por­que eso es lo que te queda de la novela te dices: no es posi­ble. No me lo creo. Vuel­ves a leer­las, alucinando.

Y com­prue­bas, con enorme des­aliento, como un autor puede des­tro­zar y car­garse una de sus mejo­res obras en tan poco tiempo. En esas 35 pági­nas, no hay novela, no hay libro, no hay narra­ción. Solo hay una corre­la­ción de hechos sin sen­tido, con­ta­dos de mala manera, para dar fin cuanto antes  a una gran obra que había cogido una mag­ni­tud quizá no deseada por el autor, pero indu­da­ble­mente deseada por cual­quier lec­tor. Y del epí­logo no hablo, casi lloro.

 

Ficha Téc­nica

Título: LOS LEONES DE AL-RASSAN

Autor: GUY GABRIEL KAY

Edi­to­rial:  LA FACTORIA DE IDEAS

Pági­nas: 477

ISBN: 84–9800-464–9

Género: Novela / Fan­ta­sía Épica

 



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Todo lo que muere, de John Conolly


Hace poco tiempo, en Ocio­Zero, lugar muy intere­sante para hablar de libros con muy buena gente, entré en un foro de novela negra. Siem­pre he sido muy afi­cio­nada al género, desde que en mi infan­cia, y de la mano de mi padre, des­cu­brí a Sher­lock Hol­mes, Lupin, Agatha Cris­tie, Ray­mond Chand­ler,  Das­hiell Ham­mett, y tan­tos otros. Uno de los habi­tua­les de este men­ti­dero, gran lec­tor de muchos géne­ros, me reco­mendó a este autor, que me era total­mente des­co­no­cido y decidí echarle un ojo.

 

La his­to­ria se divide fun­da­men­tal­mente en dos par­tes. En la pri­mera nos pre­senta al pro­ta­go­nista con con­ti­nuos retro­ce­sos en el tiempo que se nos pre­sen­tan como recuer­dos y lo enfrenta a una situa­ción com­pleja que tiene bas­tan­tes pun­tos de inte­rés, pero que se diluye en la trama gene­ral, que cul­mina en el final de la novela. En la segunda parte, acla­rado ya el caso secun­da­rio, se cen­tra en el caso más íntimo y per­so­nal del detec­tive pro­ta­go­nista, pero lo hace sin mucho ali­ciente, pues las pis­tas para des­cu­brir al ase­sino son tan evi­den­tes que casi desde el pri­mer cuarto de novela ya te ima­gi­nas quien es.

 

La novela está narrada con un estilo directo, ágil y sen­ci­llo que muchas veces peca de escueto. Esta carac­te­rís­tica que en algu­nos momen­tos se agra­dece por­que aumenta el ritmo tre­pi­dante de algu­nas esce­nas, en otras se con­vierte en un grave incon­ve­niente al hacer des­a­pa­re­cer cual­quier carga emo­tiva o emo­cio­nante que con­ver­ti­ría una novela un tanto plana en una gran novela de acción. Hasta las esce­nas más tru­cu­len­tas que­dan con­ver­ti­das en un informe de lesio­nes, por lo que el impacto que podrían tener queda des­di­bu­jado y un poco deslucido.

 

Esto tam­bién es un gran incon­ve­niente a la hora de tra­tar a los per­so­na­jes, pues los pule tanto que salvo el pro­ta­go­nista, que tiene peque­ños des­te­llos de emo­ción, el resto que­dan dema­siado pla­nos, y aun­que hay un intento de pro­fun­di­zar en las emo­cio­nes, esto se queda a un nivel tan des­crip­tivo que hasta la escena de sexo parece la narra­ción de una excur­sión, sin lle­gar a trans­mi­tir emo­ción de nin­gún tipo.

 

En reali­dad, esta novela ni me ha gus­tado ni me ha dis­gus­tado. Me ha dejado un tanto fría. Se lee con rapi­dez y faci­li­dad, engan­cha sin pro­blema, pero tam­poco aporta nada nuevo, ni nada tan nove­doso como para dis­cul­parle los fallos que me parece, la las­tran demasiado.

 

En mi opi­nión es una lec­tura per­fecta para alguien no muy habi­tuado a la novela negra, que se acerca por pri­mera vez a este género, por su ritmo y su estilo, pero para el lec­tor más expe­ri­men­tado que busca una cierta pro­fun­di­dad, puede que­dar un poco insu­fi­ciente, a no ser que bus­que una lec­tura sen­ci­lla y no muy tras­cen­dente para una tarde de pis­cina o de playa, ahora que viene el verano.

 



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El nombre del viento, de Patrick Rothfuss


He pasado muchos años des­li­gada total­mente de la lite­ra­tura fan­tás­tica. Bueno, no, no exac­ta­mente. Seguía leyendo, pero nada nuevo. Cuando me ape­te­cía leer algo de ese tema me limi­taba a releer lo que tenía por las estan­te­rías. Eso  hizo que no estu­viera al tanto de las nove­da­des, salvo para ente­rarme de si Mar­tin la había pal­mado ya antes de publi­car el siguiente libro de la saga o si de repente nos sor­pren­día aca­bando el que lle­vá­ba­mos años esperando.

 

Hasta el año pasado en que, de forma total­mente for­tuita, tro­pecé con gente afi­cio­nada a este género de lite­ra­tura y decidí reto­marlo, tenía el tema aban­do­nado. Poco a poco voy ponién­dome las pilas y voy des­cu­briendo libros y auto­res que para mí son nue­vos, mien­tras que para la mayo­ría de los afi­cio­na­dos al género, sobre todo para aque­llos más jóve­nes que yo (la inmensa mayo­ría, por no decir todos), y que domi­nan el inglés, ya es lite­ra­tura anticuada.

 

En este rena­ci­miento de mi afi­ción lite­ra­ria, heren­cia de una infan­cia y una juven­tud algo extra­ñas, y viendo todos los comen­ta­rios elo­gio­sos de este libro en webs, blogs, foros y demás men­ti­de­ros del fan­tás­tico patrio y ajeno, decidí echar un ojo a esta afa­mada novela, pen­sando que me había per­dido algo meritorio.

 

La ver­dad es que me decep­cionó bas­tante. Creo que me podría lle­var a pen­sar que tie­nen razón aque­llos que dicen que no hay rela­tos nue­vos, que todo está ya con­tado, que lo que vale es la forma de con­tarlo y de hacer más o menos creí­bles e intere­san­tes los per­so­na­jes y las situa­cio­nes. Podría, si no fuese por­que sí  he leído algu­nas de esas his­to­rias que cuen­tan cosas nuevas.

 

Y esto es lo que me pasa con este libro. Hubo momen­tos, muchos, en los que pen­saba que ya había lo leído, y otros en los que sabía lo que iba a pasar, que lo veía tan pre­de­ci­ble y tan manido, que me daba rabia no ubi­carlo en una novela deter­mi­nada, pero no lo hacía, por­que solo pen­saba en lite­ra­tura fan­tás­tica. Cono­cía la his­to­ria, per­fec­ta­mente, y con­forme avan­zaba se me hacía más y más fami­liar, pero seguía descolocada.

 

Hasta un tiempo des­pués de haberlo ter­mi­nado, no pude enfo­carlo con otra pers­pec­tiva. Fue enton­ces cuando des­cu­brí con que libros lo aso­ciaba de tal forma que pare­cían sola­parse el uno con los otros hasta for­mar una sen­sa­ción de “déjà vu”. Quizá no sea tan pare­cido, quizá solo sea una aso­cia­ción rela­tiva, pero la ver­dad es que cuanto más pienso en ello, más ele­men­tos de cone­xión le encuen­tro con “El médico”, la famosa novela de Noah Gor­don, y en un plano dis­tan­ciado, con “Retorno a Bri­des­head”, de Evelyn Waugh, y por supuesto con Harry Pot­ter, aun­que con esta tiene en común lo mismo que cual­quier otra novela ambien­tada en una uni­ver­si­dad anglo­sa­jona, aparte de un per­so­naje cal­cado del bri­bón Draco Malfoy.

 

Con la pri­mera,  las seme­jan­zas de la trama son impor­tan­tes: mien­tras el joven Kvrothe pasa su infan­cia con una troupe de titi­ri­te­ros y su ado­les­cen­cia como arra­piezo en la ciu­dad, para aca­bar pasando su juven­tud en una uni­ver­si­dad donde apa­rece como alumno aven­ta­jado pero paria, Robert Cole pasa su infan­cia como arra­piezo de Lon­dres y su ado­les­cen­cia como apren­diz de bar­bero y titi­ri­tero ambu­lante, lo que le da al ins­truc­ción nece­sa­ria para, cuando llega a la uni­ver­si­dad de sus sue­ños, ser un alumno aven­ta­jado pero paria. Ambos tie­nen un don que los hace espe­cia­les, aun­que no se trate del mismo, y ambos madu­ran y encuen­tran la amis­tad y el amor de las mis­mas mane­ras. Quizá el hecho de que una trans­cu­rra en un periodo medie­val con­creto de la his­to­ria, y la otra esté ambien­tada en una época medie­va­lista muy simi­lar aún hace que las seme­jan­zas sean mayores.

 

Res­pecto a la segunda novela con la que la rela­ciono, “Retorno a Bri­de­sead”, fue sobre todo el ambiente de la uni­ver­si­dad lo que me hizo recor­dar, más que al libro de Evelyn Waugh, a la extra­or­di­na­ria serie de la BBC. Puede que alguno la recuerde como la que lanzó al estre­llato, a prin­ci­pios de los ochenta, a un joven y fas­ci­nante Jeremy Irons. Pero es sobre todo la rela­ción del pro­ta­go­nista con Julia, la her­mana del impre­sio­nante Sebas­tian lo que me viene a la mente cuando recuerdo cier­tos pasa­jes de “El nom­bre del Viento”, que no voy a des­ve­lar aquí, a riesgo de “spoi­lear” al personal.

 

Res­pecto a los per­so­na­jes, son bas­tante pla­nos y este­reo­ti­pa­dos. Si Kvrothe quiere ser cínico y des­creído cuando se nos pre­senta como un can­ti­nero, tiene que prac­ti­car mucho para alcan­zar a Athos, por ejem­plo (el mos­que­tero de mayor edad de los tres que Dumas hizo famo­sos), o al  mítico Phi­lip Mar­lowe. Y cito estos como pro­to­ti­pos anti­guos que ya le daban mil vuel­tas al sig­ni­fi­cado de per­so­naje amar­gado, iró­nico, torvo y oscuro cuando los abue­los de estos auto­res aún no sabían ni por donde se cogía un lápiz. El resto de los per­so­na­jes son meras com­par­sas sin per­so­na­li­dad, total­mente olvidables.

 

Lo único des­ta­ca­ble es el estilo narra­tivo, que no es que sea nin­guna mara­vi­lla, pero engan­cha, es de fácil lec­tura, y hace que entre­tenga lo sufi­ciente como para ser leído con bas­tante agrado. Y hoy día ya es de agra­de­cer que sea así ya que es lo único que nos puede apor­tar una novela que no se esmera nada en la trama ni en los per­so­na­jes. Es la gran ven­taja de este escri­tor. Ha escrito muy bien una his­to­ria ya escrita y para quien le venga de nue­vas, puede ser la gran mara­vi­lla de la lite­ra­tura fantástica.

 

No sé. A mí si me quie­ren con­tar “Cape­ru­cita”, ten­drán que esme­rarse mucho más para que des­pués me tra­gue “La Bella Dur­miente”, que por lo que van comen­tando por ahí quie­nes la están leyendo en inglés, tiene toda la  pinta de ser la segunda parte.

 



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Condenados, de Santiago Eximeno


El otro día, un amigo me pasó por Inter­net una novela escrita por un tal San­tiago Exi­meno. Con este chico había tenido yo con­tac­tos fuga­ces en muros de ami­gos comu­nes del face­book, y, vál­game mi igno­ran­cia fan­do­mi­tera, yo ni siquiera sabía que era escri­tor. Pero claro, fre­cuen­tado los mares en los que nado últi­ma­mente era difí­cil pen­sar que se dedi­case a la cría del meji­llón en sus ratos libres (que tam­bién puede ser, oiga). Creo que soy la única rana en un  acua­rio lleno de peces que no, no escribe.

Parece ser que este chico ha tenido la auda­cia de ser el pri­mero en edi­tar su novela en for­mato elec­tró­nico pero con una espe­cie de sus­crip­ción popu­lar (Crowd fun­ding, creo que se llama). No me entero mucho de esos temas, la ver­dad. Peco de suma igno­ran­cia en el ambiente edi­to­rial y en los nue­vos for­ma­tos más toda­vía. Pero eso sí, que conste que intento ente­rarme a la mayor bre­ve­dad posi­ble (otra cosa es que lo con­siga). Bien, me parece fan­tás­tico el tema del libro elec­tró­nico, pero eso no quiere decir que deni­gre por obso­leto el for­mato tra­di­cio­nal. Lo que me encanta es la posi­bi­li­dad de ele­gir aquel que mejor se adapte a mis nece­si­da­des en cada momento. Y sobre todo me encanta que los escri­to­res ten­gan la opor­tu­ni­dad de hacer lle­gar sus obras a más gente, y pueda darse a cono­cer de una forma tan cer­cana y tan sen­ci­lla. Creo que con eso sali­mos ganando todos.

Cuando me llegó el lunes ape­nas pude echarle una ojeada, pero entre el mar­tes y el miér­co­les la he devo­rado. Estoy pasando por una situa­ción un poco com­pleja en mi ambiente labo­ral y tengo muchos ratos desocu­pa­dos, así que he apro­ve­chado y la he leído con rapidez.

Y la ver­dad, la he dis­fru­tado. Y eso, el haberla dis­fru­tado es lo que más me ha sor­pren­dido, por­que tenía todos los nume­ri­tos para no gustarme.

Me explico.

Me gus­tan los tochos gor­dos, muy gor­dos. Me gus­tan las his­to­rias lar­gas com­ple­jas y enre­ve­sa­das, con muchos per­so­na­jes, tra­mas y sub­tra­mas. No suelo leer rela­tos cor­tos ni cuen­tos por­que no me satis­fa­cen, me pare­cen eso, cortos.

No me gus­tan los muer­tos resu­ci­ta­dos de nin­gún tipo ni color. No me gus­tan los zom­bis, ahora tan de moda. Les huyo como a la peste. (Pro­ba­bles remi­nis­cen­cias de un tra­bajo en el que los cadá­ve­res, a dios gra­cias sin resu­ci­tar, son dema­siado cotidianos).

No me gus­tan los temas basa­dos en la mito­lo­gía judeo-cristiana, y todo aque­llo que me suene remo­ta­mente a esta reli­gión, tanto en las nove­las como en el cine. Me repele. Pero mucho, mucho.

Como veis, esta novela la tenía muy cruda con­migo. Una novela corta de ape­nas 150 pági­nas, en la que salen muer­tos resu­ci­ta­dos, basada en la ico­no­gra­fía cris­tiana del jui­cio final, con una trama bas­tante sen­ci­lla y solo cua­tro per­so­na­jes, tenía todos los nume­ri­tos para que la borrara direc­ta­mente del orde­na­dor al cuarto párrafo. Pero como per­sona extre­ma­da­mente curiosa que soy, decidí darle una opor­tu­ni­dad, pen­sando en que la deja­ría a las pri­me­ras de cambio

Había una cosa con la que no con­taba y es con la increí­ble habi­li­dad narra­tiva de San­tiago para engan­charme desde las pri­me­ras líneas. No es un escri­tor tre­pi­dante, ni muy diná­mico. Escribe de una forma sose­gada y sen­ci­lla, directa, clara y con­cisa. Sin prisa, pero sin pausa. Y es ese mismo ritmo, cons­tante pero muy intenso, que sabe impri­mir a toda la narra­ción, el que hace que no la pue­das soltar.

Sus per­so­na­jes son sóli­dos, maci­zos, cla­ra­mente defi­ni­dos. Sabe tra­tar­los con una habi­li­dad que nos per­mite cono­cer­los sin adi­vi­nar nada que no deba­mos saber. Esto hace que en el momento justo, al levan­tar el telón nos sobre­coja con unas his­to­rias cru­das y rea­lis­tas, que, por ser tan habi­tua­les en la vida dia­ria, nos hacen la novela total­mente creí­ble y a sus per­so­na­jes parte del entorno coti­diano de nues­tras vidas.

La novela avanza con fir­meza, entre el caos de una situa­ción límite que ame­naza la cor­dura de los per­so­na­jes y los sal­tos en el tiempo nece­sa­rios para dar­nos a cono­cer a los cua­tro pro­ta­go­nis­tas a los que el azar, el des­tino o nada, sim­ple­mente nada, ha unido en el día del jui­cio final. Y ese avan­zar con­ti­nuo, solo pos­puesto momen­tá­nea­mente por los parén­te­sis de los hechos del pasado, nos con­duce paso a paso a un final sor­pren­dente que nos impacta y nos deja en sus­penso, con el aliento retenido.

Evi­den­te­mente, una de las pre­mi­sas con las que yo con­taba se ha cum­plido amplia­mente: me ha sabido a poco, a muy poco. Hubiera seguido dis­fru­tando durante muchas pági­nas por mi afán devo­ra­dor. Pero he de reco­no­cer que la novela tiene la exten­sión justa para la his­to­ria que cuenta. Hasta eso está jus­ta­mente medido y con­tro­lado, sin que nada le sobre ni le falte.

Solo un pequeño pero puedo ponerle a esta pequeña joya: hay algu­nas esce­nas impac­tan­tes que a mi pare­cer ado­le­cen de un poco de frial­dad en la narra­ción. Pero real­mente no sé si es un defecto o una vir­tud, pues quizá una mayor expre­si­vi­dad hubiera roto ese ambiente de per­ple­ji­dad que envuelve todo el relato. Per­ple­ji­dad que con­si­gue trans­mi­tir­nos y que sin duda es la que los mis­mos pro­ta­go­nis­tas sien­ten ante la situa­ción a la que se ven enfrentados.

No añado nada más. Solo reco­men­dar su lec­tura a todo aquel que quiera pasar un buen rato. Y por supuesto, dar las gra­cias a todos aque­llos que me lo han pro­por­cio­nado a mí. Gra­cias, Santiago.