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Al borde del Acantilado, de Elizabeth George


Aviso: Con­tiene spo­li­ers tanto de Al borde del acan­ti­ladocomo de Sin tes­ti­gos, ambos de Eli­za­beth George

Frie­drich

En cuanto se sentó en el banco a espe­rar, se per­cató de que, aparte de unos minu­tos des­pués de des­per­tarse, hoy no había pen­sado en Helen y aquel hecho pro­vocó que su muerte cayera como una losa sobre él. Des­cu­brió que no que­ría no pen­sar en ella cada día y cada hora, al mismo tiempo que enten­día que exis­tir en el pre­sente sig­ni­fi­caba que Helen ten­dría que ale­jarse más y más en su pasado a medida que pasara el tiempo. Si embargo, le dolía saberlo. Amada esposa, hijo anhe­lado; los dos se habían ido y él se recu­pe­ra­ría. Aun­que el mundo y la vida fun­cio­na­ran así, el pro­pio hecho de su recu­pe­ra­ción pare­cía inso­por­ta­ble y obsceno.

No se puede olvi­dar a los muer­tos. A veces te pue­des sor­pren­der sen­tado en un coche, teniendo miedo de olvi­dar, de que el dolor des­apa­rezca, por­que ese dolor es lo que te queda y, si des­a­pa­rece, te dejará com­ple­ta­mente vacío. Así que es más fácil aga­rrarse a él, pero duele tanto que cami­na­mos al borde del acan­ti­lado. Cami­na­mos, inten­tando no pen­sar para que el dolor no nos arras­tre. Difí­cil equilibrio.

El tiempo pasa y los ras­gos que recor­da­mos se des­di­bu­jan, los recuer­dos se selec­cio­nan, algu­nos se olvi­dan per­di­dos para siem­pre igual que la per­sona que ya no está. Con el tiempo vol­ve­mos a son­reír, nos sor­pren­de­mos un día cuando nos damos cuenta de que el dolor ya no ocupa todos nues­tros pen­sa­mien­tos. Dejará de hacerlo y a veces recor­da­re­mos y nos sen­ti­re­mos cul­pa­bles por no echar­los más de menos.

A pesar de la trama poli­cíaca, es de lo que trata este libro, del dolor de la pér­dida, de cómo se con­vierte en el cen­tro de nues­tra vida y cómo se va difu­mi­nando des­pués, aun­que nunca des­a­pa­rece del todo. No se olvida. Se sigue ade­lante, pero nunca se olvida del todo. Las cica­tri­ces que dejan los muer­tos no se borran nunca.

Repar­tido el peso de la trama entre los dis­tin­tos per­so­na­jes, a veces tenía la sen­sa­ción de que Lyn­ley deam­bu­laba por el libro como si no for­mara parte de él, no es un pilar, la ins­pec­tora Han­na­ford sí lo es, firme, segura, hace avan­zar la trama en cada apa­ri­ción que tiene. Lyn­ley no, él se ve arras­trado por ella, en el frá­gil equi­li­brio del que no está del todo metido en la inves­ti­ga­ción y tam­poco está del todo rela­cio­nado con los sos­pe­cho­sos. Lyn­ley camina al borde del acan­ti­lado en más de un sen­tido en este libro.

Eché de menos a Havers, apa­rece en un segundo plano, una som­bra de lo que es en otros libros, su pre­sen­cia es más un guiño al lec­tor que una nece­si­dad para la trama, el con­traste entre ella y Han­na­ford no me ter­mina de con­ven­cer, en cierto sen­tido son per­so­na­jes que se pare­cen bas­tante, no con­si­guen complementarse.

Las sub­tra­mas se cen­tran en padres (no madres, las madres no impor­tan en este libro) e hijos (e hijas, las hijas sí impor­tan), los con­flic­tos se solu­cio­nan, casi hay un final feliz. Y eso hace más dura, más pal­pa­ble la sole­dad de Lyn­ley, el padre que no verá nacer a su hijo, el hom­bre que es inca­paz de seguir ade­lante des­pués de una gran pér­dida y a la vez con miedo a ser capaz de hacerlo.

A la mañana siguiente, Lyn­ley se des­cu­brió tara­reando en la ducha. El agua le res­ba­laba por el pelo y la espalda e iba por la mitad del vals de «La bella dur­miente» de Chai­kovski cuando paró brus­ca­mente y se per­cató de lo que estaba haciendo. Sin­tió que lo inva­día la culpa, pero sólo fue un momento. Lo que siguió  fue un recuerdo de Helen, el pri­mero que le hacía son­reír des­pués de su muerte




Muy intere­sante la reseña. Ten­dre­mos en cuenta los dos libros, para no caer. Por lo que cuen­tas no están den­tro del estilo que más me gusta.

Raelana dice:

Bueno, mis rese­ñas son un poco… desas­tre; a veces he hecho algu­nas para otras pági­nas y me las suelo currar más, en mi blog casi que me cen­tro más en las sen­sa­cio­nes que me ha trans­mi­tido el libro que en otra cosa. No hablo ape­nas nada de la trama poli­ciaca, que es lo que real­mente es el arma­zón del libro, por ejemplo.

Estos son libros poli­cia­cos al estilo de PD. James, aun­que sigue más la vida de los detec­ti­ves de lo que lo hace James y es bueno leer­se­los en orden, si quie­res pro­bar te reco­men­da­ría que empe­za­ras por el pri­mero, o por el segundo y si te gusta el estilo y los per­so­na­jes que sigas, las tra­mas sue­len ser fuer­te­ci­llas pero los per­so­na­jes son mara­vi­llo­sos, muy bien cons­trui­dos y la autora escribe muy bien.

El pri­mero se llama “Una gran sal­va­ción” y el segundo “Pago Sangriento”.


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